Desajuste evolutivo en el Antropoceno

Salud en el Antropoceno, por María Trinidad Herrero

Imagen de Pavel Danilyuk en Pexels

La especie humana es una de las de mayor éxito reproductivo. Mientras algunas especies están en extinción, los humanos enfrentamos el problema de la sobrepoblación, con más de 8.000 millones de individuos adaptados a condiciones adversas, bien sean los desiertos o los inhóspitos polos helados. Desde el punto de vista biológico, nuestro éxito reproductivo favoreció los mecanismos que aumentaban la probabilidad de transmitir genes a la siguiente generación, pero también fue protagonista una hormona cerebral, la kisspeptina, que aseguraba la reproducción al tener en cuenta factores como la disponibilidad de alimentos, las reservas energéticas, el estrés fisiológico y la propia salud de los individuos. La kisspeptina aumenta su concentración en la adolescencia y durante la etapa reproductiva, sobre todo en mujeres. Su fisiología sigue comportándose como hace miles y miles de años, ya que la biología es demasiado lenta como para comprender los rápidos cambios sociales y tecnológicos ocurridos en pocos miles de años o en los últimos decenios. 

Nuestro entorno y nuestras costumbres cambian a una velocidad más rápida de lo que lo hace la evolución genética. Es el desajuste evolutivo. Para hacernos una idea de la rapidez de los cambios que enfrentamos, debemos tener en cuenta que el género Homo surgió hace unos 2 a 2,5 millones de años y el Homo sapiens hace unos 300.000 años. A partir de ahí, fuimos modificando el entorno y fueron sucediéndose, de forma cada vez más rápida, revoluciones que aportaron cambios tecnológicos, sociales y culturales. La revolución cognitiva (hace unos 70.000 años) aportó el lenguaje simbólico y el pensamiento abstracto. Con la revolución agrícola, que tuvo lugar hace unos 12.000 años, dejamos de ser nómadas. La de la escritura de hace unos 5.200-5.500 años, en Uruk, Mesopotamia, permitió almacenar el conocimiento. La revolución axial, hace unos 2.800 años, estableció tradiciones filosóficas, religiosas y éticas. La científica, desde los siglos XVI y XVII, condujo a la revolución industrial desde final del siglo XVIII. La demográfica y sanitaria, en los siglos XIX y XX, conllevó el aumento de la esperanza de vida. La revolución digital nos enguyó desde finales del siglo XX dirigiéndonos, en esta década, hacia la de la inteligencia artificial que, silenciosamente, está acelerando los cambios culturales, sociales y tecnológicos. La consecuencia es la reorganización a gran velocidad de las sociedades humanas, mientras que la evolución genética ha quedado relegada porque requiere cientos o miles de generaciones.

La realidad del desfase evolutivo es que mantenemos un cerebro paleolítico viviendo en esferas tecnológicas. Por ello, actualmente, debemos adaptarnos a vivir en un entorno altamente tecnológico utilizando una materia gris que no se ha desarrollado tan rápidamente. La neurobiología se adaptó para vivir en contacto con la naturaleza, con actividad física intensa, con escasez energética, en pequeños nucleos sociales y con ciclos diarios de luz y oscuridad. Sin embargo, en la actualidad, el ser humano es esencialmente urbano, con el sedentarismo arraigado, sin tener que buscar el alimento con esfuerzo, sobreexponiéndonos a la luz artificial, con sobrecarga informática y con interacciones digitales permanentes, lo que crea profunda dependencia que exige gran esfuerzo para mantener el equilibrio.

El reto no está solo en adaptarnos conductualmente a las nuevas tecnologías, sino en capear los cambios sociales y nuestros sistemas biológicos ancestrales a esa velocidad. El cambio es seguro, actuarán la epigenética y la kisspeptina. Sobreviviremos, pero ya no seremos los mismos. Es condición sine qua non.

María Trinidad Herrero.

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