Breve historia de un término indebidamente usurpado

Crónicas de un socio fantasma, por don Ignacio de la Marquina y Beltrán, mártir de la literatura y espectro en propiedad del Real Casino de Murcia

Foto de Miguel A. Valero

¡Intrusismo! ¡Vulgar latrocinio lexicográfico! Eso es lo que padecen los diccionarios modernos y las lenguas de las gentes de a pie. 

Cada vez que escucho a un mortal referirse a un cantamañanas, a un pelagatos de verbo inflado y bolsillo raquítico como “un fantasma”, mis cadenas astrales tintinean de pura indignación. ¡Ese vocablo es mío! ¡Yo lo forjé en las fraguas de la paciencia agotada! Que la Academia de la Lengua no haya erigido un busto en mi honor por semejante aportación a la sociología moral es una afrenta que solo el fuego purificador del infierno podría redimir.

En el año de Nuestro Señor de mil ochocientos y tantos, publiqué por mi cuenta, y con un desembolso que todavía me parece excesivo para la escasa gratitud obtenida, un pequeño tratado titulado De la aparición de ciertos sujetos que, sin haber muerto, ya se comportan como espectros de una vida que jamás tuvieron. Cito de memoria, pues mi prodigiosa retentiva espectral no ha mermado:

«Entiéndase por Fantasma, no al ánima que purga sus pecados en el éter, sino al varón adulto careciente de fortuna o mérito que, hallándose en el mundo ordinario, se niega terminantemente a residir en él y construye, por medio del lenguaje u otras artimañas, una segunda existencia, de mayor tamaño y mejor mobiliario».

Y si algún lector se pregunta de dónde obtuve semejante conocimiento, le responderé con tristeza: de la convivencia familiar. Mi cuñado, don Braulio de la Ñora, era un hombre de grandes establecimientos. Todos ellos imaginarios.

No había cumplido los cuarenta años y ya había sido comerciante, financiero, inventor, asesor de empresas, director de operaciones, hombre de letras y números y, durante una semana de febrero, representante exclusivo de una empanadilla rellena cuya composición nadie consiguió averiguar. Pero su auténtica vocación fue la de «tiburón de los negocios», como a él le gustaba autodenominarse.

Su primer gran golpe de efecto fue anunciar que había conseguido un puesto de «alto copete» en una empresa de fletes marítimos. Hasta había dispuesto un despacho para sus asuntos internacionales. En una carta llegó a decirme: “Por fin poseo un espacio propio para dirigir mis operaciones”. Confieso que sentí cierta curiosidad. Imaginé una biblioteca. Una gran mesa. Mapas. Quizá una campanilla con la que llamar a un criado. Nunca supimos dónde estaba aquello. Hasta que fuimos a visitarlo.

El célebre despacho, aquel santuario de la productividad, aquella atalaya desde la que, según sus propias palabras, “se cocinaban grandes cosas”, estaba, efectivamente, en su cocina. Era, debo reconocerlo, una descripción bastante exacta: allí se cocinaban cosas. Generalmente lentejas. Mi cuñado había instalado junto al fogón una silla de oficina cuyo respaldo impedía abrir por completo uno de los cajones. Aquello era, para él, el equivalente doméstico a la Bolsa de Londres. Jamás había visto una síntesis tan perfecta entre la vida doméstica y el capitalismo.

Su casa, por cierto, era enorme. Según él, el pasillo era “la galería”. Un rincón junto a una ventana se convirtió en “el mirador”. Y un patio donde apenas cabían dos sillas recibió el nombre de “jardín privado”. Un día nos mostró orgulloso las nuevas instalaciones deportivas que él mismo había montado. En el patio encontré una barra de hierro, una piedra, una cuerda y un gato.

—Aquí entreno —dijo orgulloso.

—¿Y el gato? —pregunté, pues mi curiosidad de hombre de ciencia me lleva a cuestionar asuntos de los que en realidad no quiero saber la respuesta.

—Está para el equilibrio.

No pregunté más.

El gimnasio tenía, además, un problema arquitectónico: si una persona levantaba los brazos, tocaba la pared del vecino. Mi cuñado, por supuesto, lo consideraba una ventaja.

—Es un circuito cerrado.

Horas después escribiría en el tratado:

«El Fantasma no necesita una hacienda para poseer una hacienda. Le basta un terreno de dimensiones insuficientes y su imaginación».

Eso sí, mi cuñado era hombre hospitalario. Organizaba constantemente cenas. No había santo, bautizo, visita o eclipse que no mereciese una comida.

—Esta noche invito yo —anunciaba.

Y, en efecto, invitaba. Invitaba a todos. Lo único que, al llegar la cuenta, ocurría un fenómeno extraordinario. Don Braulio entraba en un estado meditativo en el que cualquier estímulo externo le era totalmente ajeno. Se quedaba sentado, comenzaba a buscar algo en los bolsillos, recordaba un asunto urgente o explicaba las excelencias del restaurante. Nunca he visto su cartera. Empiezo a sospechar que no existe. En mi incomprendida obra anoté:

«El Fantasma no es avaro. El avaro ama el dinero. El Fantasma ama algo mucho más elevado: la idea de que el dinero de los demás pueda cumplir funciones que el suyo jamás debería verse obligado a desempeñar».

Pero, a pesar de su naturaleza agarrada, el Fantasma se desenvuelve como pez en el agua en las “altas esferas”, donde mantiene las más variopintas y beneficiosas amistades. Siempre tenía en la boca a un amigo íntimo que poseía minas de diamantes en el Congo, a un banquero austriaco que le consultaba a él sus inversiones, o un príncipe extranjero con el que mantenía una relación “indirecta pero muy fluida”. 

Nunca conocimos a ninguno. Con el tiempo sospeché que quizá existían, pero no conocían a don Braulio. Por eso añadí al tratado una última definición: «El Fantasma jamás está solo. Siempre se encuentra acompañado de hombres importantísimos que, por modestia o desconocimiento, no saben que son amigos suyos».

Ahora, muerto como estoy, comprendo que mi cuñado me prestó un servicio. Un servicio involuntario, naturalmente. Si hubiese sabido que estaba contribuyendo al progreso de la lengua, habría exigido participación en los beneficios.

Desde entonces el término ha viajado por el mundo pero, por una ironía que considero de pésimo gusto, soy yo quien vaga por los salones del Casino atravesando paredes, apareciéndose a los vivos y haciendo ruidos en mitad de la noche.

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