Murales al sol

Pinceladas, por Zacarías Cerezo

Mural El rostro de Dalí en el Puertas de Castilla (2017). Autor, Kobra

No me gustan los graffitis, lo digo de entrada. Ya sé que se consideran una forma de expresión, pero no me gustan, y es que me producen profundo rechazo el impacto presencial, de visión obligada para el ciudadano, que provocan en las calles. No está justificado que alguien deje su impronta en muros ajenos, a veces en edificios que son patrimonio, habiendo, como hay, medios de expresión abundantes y gratuitos para que cada cual exprese a su antojo sus fobias, sus filias o su filosofía de vida.

Mención aparte merecen los muralistas que trabajan autorizados por el propietario del soporte: puede ser la fachada de un edificio, o la persiana de un negocio. Reconozco en algunos murales rasgos de belleza, y admiro el dominio técnico de los autores que, ante muros de muchos metros cuadrados y en altura, hacen un digno trabajo. Aun así, tengo mis reservas.

Nuestras ciudades pecan de grises. El pintor francés Fernad Léger (1881-1955) decía que los edificios debieran pintarse de colores como signo de libertad y vitalidad. No está mal como teoría, pero en todo caso tendría que aplicarse con planificación arquitectónica y consenso social. Pero qué sentido tiene pintar murales sobre paredes que un arquitecto no diseñó para ser soporte del manifiesto de un artista. Porque todo mural, que por definición es enorme, modifica visualmente el edificio y altera el proyecto original. A veces, por atraer visitantes, se hacen murales en pueblos semidespoblados sobre paredes de casas que en su día estuvieron bien encaladas y adornadas con macetas de geranios. Que no me esperen, prefiero ver el paso del tiempo sobre los muros, antes que el patético espectáculo de murales que en poco tiempo también caerán en el abandono.

Porque esa es otra, una pared de mortero, cemento o yeso no es el mejor soporte para un mural, sumado eso a que las pinturas no tienen mucha resistencia a la luz, que aquí es cegadora. Por todo lo anterior, la ruina de las pinturas a la intemperie es cuestión de tiempo y pronto se degradan y quedan descascarilladas. Y eso también es de obligada visión para el vecino o el turista.

Un ejemplo lamentable que tenemos en Murcia es el mural Rostro de Dalí (2017), pintado por el brasileño Kobra en el lateral del edificio Puertas de Castilla. El emblemático edificio, del afamado arquitecto Oscar Tusquets, contaba con un muro blanco en su lado este: no es que le faltara una pintura, es que lo quiso así el autor. Como no he encontrado información al respecto, doy por hecho que no se consultó al arquitecto, ni tampoco él se quejó tras la intervención. ¿No se enteró? ¿Se hubiera realizado semejante intervención en un edificio de Santiago Calatrava o Rafael Moneo? La cuestión es que la obra de un exquisito arquitecto ha quedado alterada por un “artista urbano”. Es verdad que ahora la imagen está profusamente publicada en Instagram y ligada a Murcia, ¿pero es para bien? Nueve años después, el mural está en pésimo estado. ¿Va a venir de Brasil el artista a restaurarlo? 

Y luego está Banksy, un mito anónimo del arte urbano que pinta sus sobrevalorados mensajes políticos en lugares insospechados. No me genera ni frío ni calor, pues no es original: lo que él hace ya lo hicieron otros. Tampoco es antisistema, el sistema lo ha integrado: su obra Love is in the bin (El amor está en la papelera) alcanzó el precio de 25 millones de dólares. Pues ya lo he dicho.

Zacarías Cerezo.

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