Miserias y grandezas

Cicuta con almíbar, por Ana María Tomás

Fotografía de  Doruk Aksel para Pexels.

Las continuas sacudidas de los elementos y las que organizan los seres humanos con sus odios intestinos nos recuerdan que la historia de la humanidad es un permanente combate entre la destrucción y la esperanza. Hay catástrofes que nacen de las entrañas de la tierra y otras que brotan de las entrañas del hombre. Las primeras no distinguen entre inocentes y culpables; las segundas siempre encuentran una excusa para justificar lo injustificable.

Cada vez que la naturaleza desata su fuerza, asistimos al mismo espectáculo. Se derrumban casas, desaparecen caminos y se apagan vidas en cuestión de minutos. Pero, entre los escombros, también se derriban prejuicios. Allí donde parecía imponerse el caos, surgen personas corrientes capaces de hacer cosas extraordinarias. Vecinos que se convierten en rescatadores, jóvenes que olvidan el miedo para ayudar a desconocidos, ancianos que comparten lo poco que conservan y voluntarios que demuestran que la solidaridad sigue siendo uno de los mayores patrimonios de la especie humana.

Sin embargo, la tragedia nunca llega sola. Siempre encuentra quien pretenda utilizarla para alimentar el enfrentamiento, obtener un rédito político, propagar rumores o convertir el sufrimiento ajeno en un espectáculo de consumo rápido. Es la otra cara del ser humano, esa que parece incapaz de sentir compasión cuando el dolor no llama a su propia puerta.

Las imágenes que hace días nos llegaron desde Venezuela, como antes llegaron desde tantos otros rincones del planeta y volverán a llegar desde cualquier lugar donde el destino golpee con crudeza, no solo muestran la devastación material. También retratan el alma humana. En una misma fotografía caben un abrazo que devuelve la esperanza y una mirada indiferente; una cadena de manos salvando vidas y alguien dispuesto a aprovechar el desconcierto en su propio beneficio. Es una contradicción tan antigua como nuestra propia existencia.

Quizá nunca terminemos de comprender por qué convivimos con esa dualidad. Somos la especie que levantó catedrales, escribió sinfonías, curó enfermedades y exploró el universo. Pero también somos la que inventó las guerras, perfeccionó la crueldad y aprendió a justificar el sufrimiento del otro cuando resultaba conveniente. La grandeza y la miseria no son mundos separados; habitan en el mismo corazón y, con demasiada frecuencia, en la misma persona.

Por eso conviene desconfiar de quienes solo ven héroes o solo ven villanos. La realidad es mucho más compleja. Las crisis actúan como un espejo que elimina los disfraces y revela quiénes somos de verdad. Algunos descubren entonces una fortaleza que desconocían. Otros dejan al descubierto una pobreza moral mucho más devastadora que cualquier desastre natural.

No podemos impedir que la tierra tiemble, que los ríos se desborden o que el viento arranque de raíz cuanto encuentra a su paso. Lo que sí depende de nosotros es la respuesta. En cada tragedia decidimos, individual y colectivamente, si contribuimos a aliviar el dolor o a multiplicarlo. 

Creo que la auténtica medida de una sociedad no se conoce en los días de prosperidad, sino cuando la desgracia llama a la puerta. Es entonces cuando las miserias y las grandezas del ser humano dejan de ser conceptos abstractos para convertirse en decisiones concretas. 

Porque las ciudades siempre terminan reconstruyéndose. Lo verdaderamente difícil es encontrar arquitectos para las conciencias.

Ana María Tomás. @anamto22

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