1926 en la vida de un Socio del Casino

Texto por José Antonio Martínez Abarca.
Imágenes del Archivo del Real Casino de Murcia.

Murcia, un día de septiembre de 1926, calle Trapería. Hace 100 años. Un socio del Casino de Murcia va leyendo el periódico a pasos medidos, levantando de vez en cuando la vista para no darse de bruces con otros viandantes, todos los caballeros con sombrero, más panamás que «canotiers». Europa había salido, de un solo golpe violento y doce años antes —en 1914, cuando la Gran Guerra—, del siglo diecinueve, como solían decir los cronistas de periódicos, los de entonces y los de un siglo después. Va pensando el socio que Murcia en 1926 seguía siendo el siglo XIX.

Ese siglo decimonoveno se había extendido durante mucho más tiempo del que correspondía, como un crepúsculo encendido que se negaba a acabarse. El siglo XIX, con su cientifismo y su optimismo sólo molestado por los decadentistas reaccionarios, los nihilistas, los anarquistas y gente que no estaban conformes. Pero, en general y fuera de estos aguafiestas, un siglo creyente en la perfectibilidad infinita y rectilínea del hombre. A partir de 1914 ese mundo acabó. De un día para otro. Todo ese amejoramiento perpetuo de la humanidad, todo ese insensato optimismo, desembocó en la mayor escabechina de jóvenes y de mano de obra que hasta ese momento vieron los siglos, con la I Guerra Mundial y la pandemia de gripe inmediatamente posterior, casi tan letal como la peste negra. España quiso mantenerse neutral en todo, pero la gripe suele ser poco neutral. Faltaban dos años para el descubrimiento de la penicilina y por un aire se moría cualquiera. «Le dio un aire a fulanito», se escuchaba en el Casino en 1926. Nuestro socio del Casino iba ese septiembre demasiado forrado para el clima tardoveraniego de Murcia. Pero era una previsión no del todo absurda ya que en el valle del Segura se levantaba así como a las seis o siete de la tarde, muchos años antes de que se hablara del cambio climático, una promesa de brisilla. Una brisa sugerida, nada otoñal, muy débil pero peligrosa, decían las viejas con razón, si veían que alguien iba a cuerpo, aunque fuese todavía verano, descamisado, sin chaqueta y el cuello rígido que se abotonaba a la camisa. ¡Cuidado que se ha levantado un poco de aire! Era más un rumor lejano que otra cosa, una fantasmagoría de aire, pero más valía curarse en salud, porque la gente se jugaba la vida por despechugarse. 

El socio del Casino casi había llegado ya a la historiada entrada de su querido edificio, donde veía pasar la vida. Pensaba que si España había permanecido ajena a la Guerra Mundial (excepto el textil catalán, que se hizo de oro proveyendo de ropa a las tropas), Murcia había permanecido ajena al planeta. Fuera de eso, y por la cercanía de la huerta, el bipartidismo entre el rascar de las cigarras de día y el de los grillos por la noche quedaba un poco más amenizado al escucharse también, con frecuencia, el cantar de metrónomo de las tórtolas grises, el grito de las lechuzas y el sónar metálico, como de submarino, de los pequeños y encantadores autillos. 

El socio se dirigió a la sala de lectura. Era aún demasiado temprano, estimó, para empezar con las bebidas tónicas, con la flor de cantueso alicantina, con los anises, con el coñac, hoy llamado «brandy», o incluso con los restos de la lejana civilización de la absenta, muchos años después de su edad dorada en la Francia decimonónica. Había leído unos cuantos periódicos ya y en la sala de lectura esperaban otros tantos. En realidad, el socio entraba en este receptáculo del casino que siempre estaba bajo una luz artificial muy apropiada para la época del año, acaramelada y septembrina, una luz de gabinete de curiosidades, una luz eléctrica como las de aquellas bombillas de calidad hoy inimaginable que se encendieron entonces y, más de un siglo después, todavía no se han apagado, sobreviven. El socio cada día iba a la sala de lectura, pero no por leer (aunque en efecto leía), sino porque se trataba de un rito de buen tono. En 1926 toda la vida diaria, al menos la que se sabía públicamente, era una sucesión de ritos de buen tono, que había que realizar puntualmente. La gente trataba de cumplir ciertas pautas de civilización.

Ser una persona de orden —y de Ley— consistía, en la Murcia que empezaba el segundo cuarto del siglo XX, en ser una persona previsible. Y lo previsible era encontrar a nuestro socio a una hora determinada en la sala de lectura del Casino. Como después encontrarlo ante un velador tomando de alguna copita diminuta junto al café y el vaso de agua, porque por entonces los preparados farmacéuticos eran infinitos y las bebidas espiritosas que se creía que reanimaban el organismo, también. Si pasaba algún niño por allí, se le daba al niño también un poco de alcohol, pero no se veían muchos niños por el Casino, excepto a través de las peceras que daban a la Trapería. Ahí, sí. Incontables niños, comportándose muchos de ellos, bien educados, como adultos. La adolescencia se inventó en los años 50 en Estados Unidos. Todo el mundo era joven en la Murcia de 1926, incluso los que parecían ya viejos. A pesar de la gripe llamada falsamente «española» y de la escasa población del país, quedaban en proporción muchos niños y jóvenes, más que en Europa. El socio agradecía el poder tomarse su cordial de copa diminuta en relativo silencio, sólo alterado por el aleteo sonoro de alguna voluta de humo. Se fijó en su calzado. Ese día no se había sentado ante un limpiabotas, y subía hasta las ligas de sus calcetines el polvo de las eras cercanas y también el que venía de África, ese polvo terroso de la «boria» del valle de Murcia que los poetas que luego fueron de la generación del 27 describían como de «estampa japonesa». Culpó a su despiste el no haber cumplido otro rito diario de obligado cumplimiento: la cultura del zapato brillante, tan del sur. El buen tono de llevar espejados los zapatos en un medio hostil, que se parecía bastante a bajar a cenar de esmoquin en un campamento británico de la India.

El socio llegaría a su casa a comer a última hora, con la bandeja tapada con un lino blanco. Le apetecía demorarse. Sabía que luego le aguardaba, en la larga velada vespertina del Casino y junto a otros socios principales de la ciudad, la ardua tarea dialéctica de arreglar el mundo. 

José Antonio Martinez-Abarca.

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