Brad Pitt ha vuelto a beber

Contra casi todo, por José Antonio Martínez Abarca

Foto de Andrew Schwark para Pixabay.

Sin duda la noticia de este último verano, a excepción de todas aquellas otras en que ustedes están pensando, ha sido que Brad Pitt ha vuelto a beber. 

Qué buen título hubiese sido para una célebre crónica del llamado Nuevo Periodismo Americano, «Brad Pitt ha vuelto a beber», como aquella de «Frank Sinatra está resfriado» de Gay Talese. Un reportaje de pocos miles de palabras por el que, hace sesenta años, le pagaron a Talese más o menos lo que cuesta un yate de treinta metros, y le otorgaron un prestigio para ir de rico durante toda su vida y vestir por Nueva York con la pinta de un próspero mafioso siciliano. Pero en el periodismo nuevo de ahora, americano o no, ya no pagan nada vagamente parecido (si es que pagan algo), que Brad Pitt haya vuelto a la botella ya no se considera un acontecimiento sino una desgracia reprensible en estos tiempos desleídos y absurdamente higienistas, ni tampoco hacer un reportaje sobre eso concede ya ningún prestigio. Sin embargo, ha sido la noticia social del verano: sí, señora, el actor Brad Pitt ha regresado al pitraque, contra la opinión de los bienpensantes. ¿Por qué lo ha hecho, «teniéndolo todo», como se suele decir? Probablemente, tiene algo de sed.

Este pecadillo lo humaniza y al mismo tiempo lo diviniza. De los actores de su generación a mí lo que más me gustaba era que parecían humanos, incluso aunque tuviesen el toque divino de los buenos artistas rebeldes. Despreciaban su guapura fácil, bebían, se iban de amigotes y rompían algunas cosas. Eran un poco gamberros, como otras grandes generaciones de actores clásicos. El garbanzo negro de esa generación, como se sabe, fue el robot Tom Cruise, que como se ha aburrido tanto en su vida se tuvo que hacer satanista de la iglesia de la Cienciología (sí, la Cienciología es puro satanismo duchado) para entretenerse un poco entre rodaje y rodaje. Tom Cruise pertenece a la misma generación de actores que Brad Pitt igual que yo comparto el planeta con el presidente Sánchez, sin que tampoco tengamos mucho que ver. Pitt es contemporáneo del difunto River Phoenix o del amigo Johnny Depp, y todos más o menos compartían las mismas costumbres. Malas costumbres, que son las propias, históricamente, de temperamentos artísticos. Desconfío de los artistas que carecen de algunas buenas tormentas en su vida real. 

Para mí la mejor generación de actores británicos fue, sin duda, la de los llamados «hellraisers», que entraban en los pubs andando para atrás para que pareciese que salían, con lo que nunca salían. Oliver Reed, muerto precisamente por una apuesta alcohólica en un bar de Malta; Richard Harris, quien se despertaba en otra parte del mundo recordando apenas que empezó la noche de varias fechas antes en un continente distinto; Peter O´Toole, quien una vez respondió a un policía en la calle, al verle éste tirado en el suelo, que el mundo le daba vueltas y estaba esperando a que su casa pasara por delante para meterse dentro; o Richard Burton, que tenía por buena costumbre cada vez que se bebía una botella el volverse a casar con Elisabeth Taylor. Se casaron tantas veces que Burton acabó muriendo de cirrosis hepática. Vivieron todos bastante, según lo que ellos mismos creían, porque como todos, en algún momento, dejaron la bebida, la juerga y en general los alicientes durante unos pocos años (para coger impulso) la vida al final se les hizo eterna.

Brad Pitt no ha sido nunca un «hellraiser», ya no se hacen cabronazos autodestructivos como aquellos, pero sabía lo que era refugiarse en un vaso tintineante. Un artista genuino, en definitiva. Parece ser que se ha tirado bastante tiempo haciéndole caso a los sanos consejos de la madre de sus hijos, que a su vez es la hija intrascendente del gran intérprete John Voight. Ahora, Brad se ha hartado de ser un espejo de virtudes, de hacer lo que demanda la opinión pública y ha decidido, a lo Raphael, romper a puntapiés ese espejo, sobre el escenario mundial. La noticia de sociedad ha escalofriado a un mundo que ya no es aquel en el que empezó a actuar. Hoy Occidente es ofendidito y abstemio, el gran sueño rancio que trataba de conseguir, aporreando un bombo, el puritano Ejército de Salvación hace ya más de un siglo (lo han conseguido, premio). 

Está a cinco minutos de que lo cancelen, como a tantos, si no se retracta y vuelve a ser el vejete obediente de sesenta y tantos envidiables años destinado únicamente a estirar la adolescencia hasta fosilizarse. Brad Pitt ha vuelto a beber. Definitivamente, estamos ante un grandísimo actor. 

José Antonio Martinez-Abarca.

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