Cartas desde Tombuctú, por Antonio V. Frey

Asciendo costa arriba, hacia el Norte. No lejos de Arguín, de la que te hablé en mi anterior carta, me encuentro con otro tesoro difícil de olvidar: La Güera o Agüera, un lugar que parece haber sido abandonado por la Historia, aunque en realidad es la Historia la que nunca ha terminado de abandonarlo. La Agüera —como prefiero llamarlo— fue un pequeño asentamiento fundado en los años veinte por el magnífico, y nunca bien recordado, coronel Francisco Bens sobre la península de Cabo Blanco.
Hoy apenas queda una sombra de aquella población. Las calles siguen trazadas, pero ya no conducen a ninguna parte. Las casas, el antiguo cuartel y algunas construcciones administrativas sobreviven desfigurados por el salitre, el viento y el paso del tiempo. Por las mañanas, muy de temprano, el océano rompe contra la costa con la misma cadencia con la que lo hacía hace un siglo, mientras las nieblas, producto de la corriente fría de Canarias, difuminan los perfiles de las ruinas que se resisten a ser embebidas por la arena. Hay algo profundamente melancólico en esa ciudad detenida, donde las puertas ya no esperan a nadie, y las calles parecen conservar el eco de pasos que hace mucho dejaron de escucharse. ¡Cómo le hubiera gustado a Italo Calvino incluirla en su nómina de ciudades invisibles!

Te diré que La Agüera nació con un propósito estratégico. España quiso asegurar su presencia en aquella costa y vigilar el extremo sur del Sahara, en vecindad con el puesto francés de Nuadibú, hoy Mauritania. Nunca llegó a convertirse en una gran ciudad; fue más bien un pequeño enclave militar y administrativo, levantado en un territorio tan inhóspito como hermoso. La escasez de agua dulce, la aridez extrema y el aislamiento marcaron siempre la vida de quienes habitaron allí. Tras abandonar aquella provincia entre 1975-1976, el asentamiento quedó prácticamente desierto, si bien saharauis y mauritanos disputaron su control durante los siguientes diez años, contribuyendo con sus destrozos a su total abandono. Desde entonces, la naturaleza ha ido recuperando un espacio que nunca dejó de pertenecerle del todo. Sólo un grupo de pescadores de la antiquísima y marginada etnia imraguen mantiene en sus cercanías un pequeño poblado.
Quizá sea precisamente aquella mezcla de abandono y permanencia lo que hace tan singular a La Agüera. No posee grandes monumentos ni episodios célebres capaces de atraer multitudes. Su valor reside en otra parte: en recordarnos que existen lugares cuya verdadera riqueza no está en lo que fueron, sino en la serenidad con la que la sucursal del antiguo Banco Exterior de España, la escuela, el hospital o la iglesia de la Inmaculada aceptan el paso del tiempo entre olas de arena. Tal es así, que cuando la visitas, creo que no sentirías estar transitando una ciudad en ruinas, sino asistiendo a un diálogo silencioso entre el océano, el desierto y la memoria. Y sospecho que, cuando el sol se oculta sobre el Atlántico, La Agüera deja de ser un antiguo enclave olvidado para convertirse, simplemente, en un paisaje donde el tiempo ha decidido descansar de los rigores del desierto.

