¿Te abanicas o hablas?

Rebuscos del Casino, por Loreto López

El vendedor de abanicos, de John-Bagnold Burgess (1897).

A buen seguro, esa sería la pregunta que la mamá haría a su niña mocita en mitad de alguno de los saraos decimonónicos del Casino, cuando la joven agitara nerviosamente su abanico al descansar, tras bailarse una polca, un rigodón o un vals con un apuesto joven. 

Y es que el abanico, de tan larga historia como la humana civilización, en el siglo XIX no solo servía para paliar los sofocos de las altas temperaturas de nuestra tierra, sino que tenía su particular lenguaje, destinado exclusivamente al amor y la seducción.

Aquel lenguaje, hoy casi olvidado, tenía tantas claves que merecería un artículo en exclusiva. Como adelanto, les diré que abanicarse de forma lenta y pausada sobre el pecho significaba que no tenía pareja; si se apoyaba el abanico sobre el corazón era una declaración de amor; o si quería alertar de que les estaban vigilando, se apoyaba el abanico cerrado sobre la mejilla derecha o se cubría los ojos con el abanico abierto.

Teófilo Gautier, en su Voyage en Espagne (1840), ya se sorprendía de la presencia de este objeto: “una mujer sin abanico es algo que todavía no he visto en este bienaventurado país, he observado algunas mujeres que llevaban zapatos de satén sin medias, pero tenían un abanico entre sus manos; el abanico las acompaña siempre, hasta en la iglesia. Además, su manejo es un arte totalmente desconocido en Francia. Las españolas se distinguen en ello de un modo muy especial; el abanico se abre, se cierra, gira en las manos con viveza y ligereza que ni un prestidigitador lo haría mejor”

En el siglo XIX surgen multitud de fábricas de abanicos, especialmente en Andalucia y el Levante, pero los fabricantes españoles no alcanzan a cubrir la gran demanda, por lo que se empiezan a importar de Francia, China y Japón.

El Correo de la Moda, allá por las últimas décadas del 1800, entre las diferentes secciones de las últimas novedades en el vestir, siempre incluía la dedicada a los abanicos. Y es que los abanicos llegaron a alcanzar precios de artículos de lujo según sus diversos materiales, y sus países fueron decorados primorosamente con toda suerte de filigranas sobre ricos materiales o por las pequeñas obras de arte de grandes pintores. 

Un anuncio, publicado en La Paz de Murcia el 16 de septiembre de 1875, da buena fe del considerable aprecio que se podía llegar a tener por este objeto.

PERDIDA. En la romería do la Fuensanta y junto a la fuente se perdió un abanico de piel de Rusia; el que lo haya encontrado puede presentarlo en la calle del Desengaño, número 3, donde además de las gracias recibirá el hallazgo.

Aclaremos, para satisfacer curiosidades, que la llamada piel de Rusia era una pieza de lujo, accesorio de moda de invierno o para eventos formales, realizado generalmente con cuero de becerro o cabritilla. Se caracterizaba por su durabilidad y el aroma característico debido al curtido con corteza de abedul. Solían ser de tipo «baraja» (sin país o tela, solo las varillas unidas por cintas) o con el país también de piel, que a menudo presentaban guías decoradas con pedrería o incrustaciones metálicas. Con ello queda patente que el abanico no solo era usado para los calores estivales, también formaba parte de la indumentaria invernal.

Inspiración de poetas, Juan Melendez Valdés escribió una extensa Oda al abanico; también Amado Nervo y quizás hasta el ilustre espectro literario de nuestro Casino, don Ignacio de la Marquina y Beltrán, haya compuesto alguna loa, todavía inédita, a tan excelso utensilio. Por su brevedad, transcribiremos la de los hermanos Álvarez Quintero. 

Tu abanico es mariposa

que en tu mano se posó

porque en su vuelo otra rosa

más bonita no encontró

(Amores y amoríos)

En nuestro tiempo el abanico ha perdido algo de su importante papel, pero antaño fue un elemento indispensable en el ajuar de toda mujer, desde niña a anciana. Valga como ejemplo, si ustedes se quieren entretener un rato, repasar las numerosas fotos antiguas de féminas que recoge la espléndida colección de nuestro Archivo Histórico de la Región de Murcia. Difícilmente encontrarán alguna en la que no sostengan en sus manos el preciado complemento.

Y, en llegando estos calores murcianos, recuperemos nuestros abanicos, señoras.

Loreto López. Historiadora y restauradora.

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