
¡Paz! Eso era lo único que solicitaba este humilde espectro. Una tarde cualquiera me encontraba levitando en la Biblioteca, a una cuarta del suelo para no desgastar el noble tapizado, mientras recitaba con mi habitual maestría unos versos del siglo VII a. C., rescatados de un códice bellamente encuadernado en una piel que prefiero no identificar por respeto a los animales y al buen gusto. La cadencia de la lengua muerta acariciaba los estucos de la sala. Todo era orden, geometría, teología y decencia.
El título, traducido con mis extraordinarias capacidades filológicas, parecía ser:
De Corporibus Alienis et Anima Errantium. Manual para que espíritus sin oficio ni dignidad ocupen carnes ajenas y perturben el sueño de los mortales.
Un título de una elegancia considerable. Aunque debo reconocer, ahora que el desastre ya ha ocurrido, que quizá debí sospechar algo. Especialmente porque una nota escrita en el margen, con una tinta rojiza que parecía sangre de alguien con pésimas decisiones vitales, advertía: “No pronunciar el verso final”. Pero ¿qué podía saber un monje anónimo del siglo VII a. C. sobre la prudencia de Don Ignacio de la Marquina y Beltrán? Absolutamente nada. Y ahí empezó mi desgracia porque, naturalmente, pronuncié el verso final.
No por irresponsabilidad, por investigación. La diferencia es fundamental. Yo no soy un vulgar hechicero de feria. Soy un estudioso, un humanista, un hombre de ciencia espectral.
Sin mediación de conjuro, pecado o advertencia cósmica, fui succionado por una fuerza centrípeta de naturaleza grosera. Quedé embutido como morcilla en tripa dentro de la anatomía de un escocés, un turista pelirrojo y mastodóntico que pasaba por allí.

Mi primera reacción fue de horror, naturalmente, porque un caballero de mi posición no contempla con alegría verse condenado a habitar dentro de un individuo que utiliza chanclas con calcetines como extensión natural de su anatomía. Sin embargo, quise ver en aquella aberración una ventana a la aventura. ¡Por fin, después de décadas confinado en los salones del Casino, podría abandonar el recinto! Mi mente diseñó un itinerario de pura delicia: obligaría a las piernas de mi captor a dirigirse a la taberna más cercana y devoraría un plato de michirones.
¡Pero qué soberana estafa! El zafio escocés se arrastró directamente al aeropuerto y no podía evitarlo. El pánico me paralizó al comprender que cruzaríamos el firmamento de vuelta a su remoto pueblo en las Highlands.
Grité con toda la potencia de mi voz astral, que el turista ni siquiera escuchó, ocupado como estaba en comprobar si llevaba el pasaporte por sexta vez en diez minutos, gesto que ya de por sí delataba una inteligencia titubeante.
No tengo nada contra los escoceses. Salvo que hablan un idioma que parece haber caído por una escalera, ser golpeado por un caballo y pasar tres inviernos en una cueva. El resultado es un gruñido apto para pedir cerveza pero absolutamente inservible para declarar un amor o escribir un soneto. Yo no sé cómo se entienden entre ellos. Sospecho, francamente, que tampoco se entienden.
Durante el vuelo, sin embargo, comencé a encontrar cierto interés en aquella situación. Al fin y al cabo, mis investigaciones siempre habían perseguido la verdad. De hecho, este viaje serviría para confirmar una hipótesis planteada en uno de mis manuscritos, Disertación anatómico-teológica sobre la inferioridad existencial de la vaca caledonia frente a la sacrosanta y mística unción del cordero lechal segureño. Título provisional, por supuesto.
Y efectivamente, mi hipótesis quedó sellada con sangre y bilis durante los tres días de absoluto martirio que pasé en aquel páramo. Tres días.
Resulta que el empleo de mi carcelero de carne se encuentra en la cúspide del tedio folclórico. Era afinador oficial de gaitas ceremoniales. Después de trabajar regresaba a casa. El animal apenas leía nada que no fuesen panfletos de supermercado y pasaba las horas embobado viendo reality shows.
Yo, un fantasma educado en las más altas esferas académicas, no merecía semejante afrenta. ¡Qué tortura! Desde el fondo de su esófago lanzaba diatribas incendiarias: ¿Cómo osáis llamar idioma a esa amalgama de erres masticadas? ¡Bárbaros! ¡Incultos! Qué superior es la lengua castellana, ese monumento edificado para que los hombres hablen con los ángeles, pulido por los siglos. Pero el mastodonte solo se rascaba la rabadilla y abría otra lata de refresco.
La tercera noche fue el clímax de mi desesperación. El escocés me arrastró a un pub que desafiaba cualquier norma de la estética mariana. Un antro oscuro que olía a perro mojado y a desesperanza existencial.
Allí, el infeliz ingirió tantas pintas que dejé de contar por puro pudor estadístico. Yo me encogía, iracundo, llorando ante mi trágico fin. Asumí que jamás volvería a escuchar la dulce apertura vocálica de mi tierra, y mi obra cumbre, Lamento fúnebre por la pérdida del buen gusto arquitectónico ante la proliferación del ladrillo visto moderno, quedaría inédita para siempre. Y entonces… ocurrió el milagro.
El exceso de gas carbónico y la nula educación de mi captor se aliaron en una conjunción cósmica. El escocés contrajo el diafragma. El aire subió por su esófago con la fuerza de un huracán atlántico. Y soltó un eructo. ¡Pero qué eructo, señores! Un trueno gástrico que sacudió los cimientos de la taberna. Fruto de semejante deflagración de metano y malta, fui propulsado hacia el exterior como un corcho de champán. ¡Libre!
No necesité mapas, ni brújulas, ni esa estúpida tecnología satelital de la que presumen los vivos. El imán de mi corazón aristocrático me guio en línea recta a través del canal de la Mancha, cruzando las Galias a una velocidad que ya quisiera para sí la física cuántica.
Ya estoy aquí. He vuelto a mi rincón de la biblioteca. Las vacaciones forzosas han terminado. Qué asco de mundo exterior.
