Contra casi todo, por José Antonio Martínez Abarca

Una vez fui a pasar unos días a una aldea asturiana y un cartel a la entrada del pueblo daba el alto severamente a los turistas: “Aquí cantan ‘les pites’ —se dibujaba un gallo al lado para que no hubiese confusión sobre qué trataba un ‘pite’— y se huele a ‘cuchu’ de vaca —adjuntaba otro dibujo del ‘cuchu’, tibio y con moscas, para que tampoco llamase a equívoco—. Si esto puede molestarle, tal vez haya venido usted al lugar equivocado”. Espero que muchos se sintiesen desairados con esa equivocación y se fuesen a posturear a otro lado, que es la ocupación actual de la mayoría de la gente, sobre todo los jipis.
Efectivamente, ‘el cuchu’ era penetrante los días de viento del interior, y ‘les pites’, aquí y allá, cumplían su legendaria tarea despertadora a las cinco de la mañana, aunque lo hacían a la hora a la que le sale de los cojones: cuando ellos decidan que sean las cinco, a pesar de que sean las dos o las siete o, mejor, a todas horas.
Tuve claro entonces que iba a ser despertado por ‘les pites’ inmediatamente después de que el campanario de la iglesia, siempre muy cercano, se hubiese asegurado de que ya estaba despierto. Yo, qué quieren, disfrutaba como un gorrino revolviéndose en gasoil. Los campanazos junto a mi almohada siempre me han relajado, han acicateado cosas muy profundas en mi interior, he vivido toda la parte de mi vida que merece la pena de haber sido vivida a un tiro de esputo de las campanas de tañido argentino de la catedral de Murcia, que han ritualizado mis horas y confortado el alma, recordándome que hay cosas inamovibles en el universo cuando todo se tambalea. Que en la vida había algo seguro, además de la muerte y los impuestos: una campana en alguna parte.
Los gallos, por su parte, me asían a la realidad, una realidad buena, sana y evocadora, porque mi mente castigada tiende a caer en sopores pesadillescos y malignos donde no me puedo levantar de la cama. Me despertaba, sin embargo, el buen ‘pite’, y yo le deseaba que hubiese atrapado bajo mi ventana una buena lombriz de tierra. Luego está lo del ‘cuchu’, que si nos abstenemos de la materia con que está hecho no resulta desagradable, siguiendo lo que escribía Huysmans en el siglo XIX, de que el campesino, figura que odiaba, no puede decirse oprimido por la sociedad porque «la suciedad que lo rodea es de sanos estiércoles animales…”.
Ahora, ha salido la noticia de que en los pueblos catalanes prepirenaicos están reproduciendo, como los asturianos, ese tipo de carteles de aviso, a los que sólo les falta eso que colocan en las propiedades privadas americanas: “Si entra, es bajo su propio riesgo». Previenen de que van a ocurrir campanadas, gallos, sonidos de tractores arando y rebaños de cabras que huelen —el olor de un establo cerrado de cabras huele intensamente a ese ingrediente carísimo de la perfumería, el sexual almizcle—. Los turistas se quejan de todo. Frente a eso, deben leer antes el cartel: «Tal vez ha venido usted al lugar equivocado». Pues claro que se equivocan. Los que se dicen amantes de la vida natural de ahora creen que los pollos ya nacen en bandejas de supermercado.

