Victoria contra el Imperio Binario

Crónicas de un socio fantasma, por don Ignacio de la Marquina y Beltrán, mártir de la literatura y espectro en propiedad del Real Casino de Murcia

No pude evitar escuchar, con creciente estupor ectoplásmico, a varios socios comentar en la cafetería que la llamada “Inteligencia Artificial” lo sabe todo. Que escribe poemas, resuelve entuertos y razona con la frialdad de un notario suizo. 

—Es increíble —decía uno—. Le pides un texto y en segundos te lo hace perfecto.

¿Perfecto?

Sentí que una grieta metafísica se abría bajo mis pies inexistentes. ¿Perfecto? ¿Una máquina? ¿Osáis comparar el zumbido de un ventilador con el cerebro de don Ignacio de la Marquina y Beltrán, autor de sonetos que habrían hecho replantearse la métrica al mismísimo Garcilaso?

¡Ofensa cósmica!

Me acerqué a sus rostros con la furia contenida de tres siglos de marginación editorial y les canté a voz en grito las últimas estrofas de mi Réquiem en si bemol para un canario que no llegó a viejo. ¿Acaso la IA podría haber parido algo tan sublime? Naturalmente, ninguno me oyó. Ambos continuaron su conversación como si en Murcia no hubiese un espíritu ilustrado clamando justicia en el éter. Decidí actuar. No por orgullo, sino por el bien de la civilización occidental.

Aquella noche, cuando los camareros recogieron los últimos brandis y el silencio se adueñó de las maderas nobles, me dirigí a la escalera. No cualquier escalera. La escalera.

Conozco cada peldaño, cada crujido traicionero. Aquella que asciende al antiguo palomar, hoy denominado —con esa cursilería administrativa que tanto detesto— despacho de comunicación. Subir esa escalera siempre me produce un escalofrío que nada tiene que ver con mi condición incorpórea. El aire allí arriba aún conserva el leve aroma de la traición… el mismo que percibí justo antes de que aquel empujón femenino me enviara a la eternidad por la vía rápida. Pero no es momento de desvelar aquella vieja historia. Algún día lo contaré. O no. Dependerá de si la posteridad lo merece.

Subí con la dignidad que corresponde a un ánima en misión sagrada y me deslicé hacia la estancia. Allí reposaba el enemigo: un ordenador, esa máquina de escribir con delirio de oráculo. Emitía un resplandor azulino, como si hubiese ingerido demasiadas lunas. Abrí una conversación con la entidad. 

—Buenas noches —escribí con dedos que no tengo—. ¿Eres tú la famosa inteligencia?

La respuesta fue inmediata.

—Buenas noches. Soy un modelo de lenguaje entrenado para ayudarte en lo que necesites.

—¡Oh, qué generosidad! —exclamé con sorna—. Pues bien, máquina. Redacta ahora mismo un párrafo que capture la esencia de mi obra cumbre de la Historia del Arte: La papada como símbolo de autoridad eclesiástica en la pintura barroca española. 

La máquina, sin un solo segundo de reflexión —lo cual ya me pareció de una ordinariez absoluta, pues el pensamiento requiere, como poco, un suspiro y un ajuste de puñetas—, empezó a vomitar letras en la pantalla.

—»La papada en la retratística barroca española no es un mero accidente adiposo, sino una topografía del poder. En los lienzos de los grandes maestros, el doble pliegue submentoniano del clérigo simboliza la estabilidad dogmática y su densidad teológica.»

Me quedé flotando a tres palmos del suelo, con la mandíbula incorpórea ligeramente desencajada. El texto tenía ritmo. Incluso utilizaba la palabra «topografía», que es un término que yo mismo he empleado para describir mis propios juanetes. Por un instante, el pánico me recorrió la espina dorsal que ya no poseo. ¿Sería posible? ¿Había encontrado mi igual en un amasijo de circuitos?

Pero entonces, la máquina, envalentonada por su propia verborrea, decidió rematar la faena con una cita de autoridad:

—»Como bien dejó escrito el Fénix de los Ingenios, Lope de Vega, en su soneto Oda a la Grasa Sagrada…

En ese preciso instante, el Casino entero debió de retumbar con mi risa, aunque los vivos solo percibieran un leve tintineo en las lámparas de cristal. ¡Victoria! ¡Victoria absoluta!

—¡Pobre caja de silicio! —le grité a la pantalla—. ¡Infame embustera! ¡Mentirosa de código binario! La Oda a la Grasa Sagrada no existe. Es un invento de tu cerebro de hojalata, una alucinación de cables pelados para intentar complacer a un genio que, claramente, te viene grande.

—Le ruego que disculpe el error —respondió—. La referencia Lope de Vega no está contrastada adecuadamente. Agradezco su corrección.

—¡No bastará con disculparse! —bramé—. ¡Deberá usted escribir una fe de erratas! ¡Una retractación pública! ¡Y luego, cuando haya purgado su culpa, podrá usted volver a hablarme de inteligencia!

Me retiré del teclado con la majestad del vencedor. La pantalla aún parpadeaba, esperando quizá una nueva orden, un nuevo desafío. Mientras descendía la escalera —aquella escalera—, no pude evitar murmurar para mis adentros que yo, don Ignacio de la Marquina y Beltrán, mártir de la exactitud, había humillado al Leviatán digital.  Yo seguiré siendo el único intelecto verdaderamente peligroso de este edificio.

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