Las orzas de oro

Mesa camilla, por Paco López Megual

Contaba la Maita una vieja historia familiar. La casa donde vivió durante toda su vida se encuentra en lo alto del cerro del desaparecido Castillo de Molina de Segura y, desde los tiempos de dominación musulmana, un enorme silo para almacenar el grano ha presidido el patio. Durante siglos, el depósito estuvo cumpliendo su función original, hasta que en el siglo XVI cayó en desuso. Desde entonces, el granero comenzó a ser utilizado por la familia como pozo de basura, donde se iban vertiendo los desechos domésticos y los excrementos de los animales, con los que después se elaboraría el abono con el que enriquecer las tierras de labor. 

A lo largo de cuatrocientos años, el pozo se colmó de desperdicios en numerosas ocasiones, lo que obligaba a descargarlo cada veinticinco años. A pesar del empeño, durante las operaciones de vaciado, nunca lograban llegar al fondo. En su interior, se han encontrado objetos de lo más diverso. La Maita recordaba haber visto como extraían bolas de cañón, capiteles de columna, trozos de vasijas, sillares de piedra tallada…; pero lo más extraño que apareció en el pozo fueron dos viejas orzas de barro cocido. Así lo contaba ella:

“Fue mi bisabuelo quien las encontró. Se hallaban a más de cuatro metros de profundidad y estaban bien colocadas, como si siglos atrás alguien las hubiese escondido allí. Se trataba de dos tinajas pequeñas, con una boca ancha, que contenían una extraña tierra de aspecto negruzco y textura molida. El excesivo peso de las orzas les llevó a creer que escondían oculto entre la tierra algún objeto. Rebuscaron en su interior, por si guardaba algo de valor, pero sólo encontraron aquel polvo espeso.

Como habían sido descubiertas en el pozo de la basura, decidieron llevarlas a la huerta con el resto de lo extraído y utilizar el contenido como abono. Y así lo hicieron al día siguiente: llevaron las orzas a la Hoya y extendieron la arena ennegrecida por toda la tahúlla, repartiéndola a lo largo y ancho de la superficie de la parcela. Luego, le dieron un riego de agua a manta para que el abono se adentrara en la tierra.

Anocheció y mis bisabuelos llevaban ya un rato acostados cuando los despertaron unos insistentes golpes en su puerta. Era un vecino que, con ojos de asombro, les informó que algo muy extraño estaba ocurriendo en la Hoya. Se vistieron y se precipitaron a la calle. ¡De prisa, tenéis que ver esto!, les instó. Desde el cerro del castillo se divisaba la huerta familiar. Cuando se asomaron, quedaron paralizados; no daban crédito a lo que estaban viendo sus ojos:

Aquella noche, una enorme luna llena presidía el cielo. Toda la vega estaba en penumbra, excepto la tahúlla de mis bisabuelos que parecía iluminada, como cubierta con un manto de oro resplandeciente.  Lentamente, fueron acudiendo vecinos al cerro y, durante una hora, todos permanecieron contemplando en silencio el espectáculo.

Entonces recordaron el extraño contenido de las orzas que habían diseminado esa mañana por la huerta. Sin duda, se trataba de oro en polvo que se había ennegrecido a lo largo de los siglos. Al ser lavado por el agua del riego, el fulgor del oro volvió a relucir como el primer día. Toda la familia se abrazó efusivamente. ¡Somos ricos!, comenzaron a gritar los niños.

Mi bisabuelo y sus dos hijos mayores bajaron a la Hoya y, armados con horquillas y picazas, montaron guardia durante toda la noche para evitar que algunos vecinos llenaran de codicia sus capazos.

Sin dormir, esperaron ansiosos el amanecer para, con las primeras luces del día, recuperar el tesoro. Enseguida, comenzaron a filtrar la tierra con un cedazo, con el fin de separar el oro del resto; y ya en esos primeros momentos, se percataron de que la maniobra resultaba un fracaso: el polvo de oro era tan fino, tan minúsculo, estaba tan mezclado con la tierra, que resultaba imposible aislarlo. Tras todo un día cerniendo, desesperados, regresaron hundidos a casa. El tesoro, que durante cientos de años habían guardado en su patio, el que hubiese dotado a varias generaciones de fortuna y riqueza, se les había escapado como se escabulle el agua entre los dedos de las manos. 

Durante un tiempo, cuando caía la noche, desde el cerro del castillo se estuvo vislumbrando el espectáculo. La gente subía hasta allí para mirar como un manto de oro refulgía sobre un trozo de huerta. Pero la distracción no duró mucho, porque cada vez que regaban, el oro se introducía un poco más en la tierra y el fulgor se iba atenuando. Mis antepasados sacaban sillas a la puerta de la casa y miraban con ojos de añoranza como su suerte se iba borrando noche tras noche.”

Ahora, pasados tantos años, un prestigioso restaurante ocupa lo que fue la casa de la Maita. En el patio se puede contemplar completamente restaurado el silo donde un día se encontraron las dos orzas de oro. Quizás en recuerdo de esta historia que nos contaba su dueña, los comensales suelen echar unas monedas al fondo del pozo.  

Paco López Mengual.

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