SÓLO DIEZ AÑOS

CONTRA CASI TODO. Por José Antonio Martínez-Abarca

(Dedicado al presidente del Real Casino de Murcia Juan Antonio Megías, que aún habla con su padre).

El otro día transcurrieron diez años desde que murió mi padre, alrededor de las nueve de la noche, una noche evidentemente muy calurosa aunque no del todo asfixiante. No ha pasado ni mucho ni poco tiempo, así que pasen otros cien años: una de las cosas que aprendes con esta clase muy especial de tiempo, algo que sólo se advierte cuando lo experimentas, nunca cuando te lo cuentan, es que no pasa en absoluto. Queda ese tipo singular de tiempo, como si dijéramos, fosilizado. Un inmenso engranaje parado. De alguna forma tú tampoco «creces», no vas más allá, ni falta que hace; te quedas ahí, aguardando algo, como el que se sienta en el árbol indicado a un lado del camino y a partir de ese instante contempla todo desde fuera, con algo que no me atrevo a llamar indiferencia pero sí cierta lejanía hacia tantas cosas que previamente importaban.

Diez años en los que mi padre se me ha aparecido en incontables anécdotas, muchas que conocía y otras que no, que son el homenaje permanente, la pequeña llama que no debe apagarse, que los vivos rinden a sus muertos, para que no terminen de morir del todo. Y diez años también desde que mi padre, homenajeándome a su vez (sí, los muertos también homenajean, devolviendo el calor que aún les dedican quienes los recuerdan), me sonríe en esa, también especial, clase de duermevela en que te intentas levantar y no puedes, en que no sabes si estás despierto, durmiendo, acostado o fallecido, en esta dimensión o bien en otra cualquiera. Cuando no quede nadie que recuerde esas anécdotas tan divertidas, ni siquiera yo mismo, cuando la pequeña llama se apague finalmente y caiga el olvido, será el momento de que los que nos sucedan (mi hijo, incapaz de hilar dos palabras pero con una memoria desconcertante) intenten comprender algo que nadie estamos en condiciones auténticas de comprender.  

Con el paso sólo nominal de un tiempo que en realidad no pasa, la sonrisa de mi padre permanece pero ya no tiene lágrimas



Recuerdo que la primera vez que me sonrió mi padre en ese estado indefinido de duermevela en que me encontraba, una vez que se había ido -que no desaparecido- vi en sus ojos la mirada más triste que pueda concebirse, y me asustó. No era tanto una despedida como una acogida. Me desperté (comprobé que efectivamente me había despertado) con el corazón en la garganta, como si hubiese estado a punto de despeñarme por un precipicio. Con el paso sólo nominal de un tiempo que en realidad no pasa, la sonrisa de mi padre permanece pero ya no tiene lágrimas en los ojos, ha mejorado mucho su ánimo, puedo decirlo sin temor a equivocarme.

Dicen que los que se van permanecen cerca de nosotros durante un lapso limitado, quién sabe si más o menos tasado por alguna ley universal no descubierta. Y es cierto que mientras la que fue su casa aún huele a medicinas y a enfermedad, ese olor desolado que se nos queda en los huesos y que no puedo describir con exactitud, los cuadros se caen y los cristales se rompen sin motivo aparente, como si quedase el remanente energético de una especie de rabia sin resolver. Tal vez ahora que ha mejorado su ánimo y ya no veo lágrimas (la versión espiritual de las saladas que derramaba abundantemente durante los últimos y desdichados años de su vida) sea porque está ya en otras cosas, aunque continúe acordándose de los aún vivos y siempre haya una copa más que no vemos que brinda con nuestro grupo.

Todavía, todavía queda gente, sólo diez años después -es cierto que ya no mucha- que sólo eran vagos rostros casi inidentificables para mí, y que aún se me dirigen al reconocer mi filiación paterna, visiblemente orgullosos de tener una buena historia por contar, para decirme: «me acuerdo que un día…» Y entonces hay como un resplandor parecido al que se reflejaba en las antiguas bolas de cristal navideñas, aquellas que se rompían con el aliento. Ese resplandor de cuando todo está bien. Y entonces los inidentificables que se me acercan cuentan la historia divertida, y la cadena del recuerdo de primera mano de mi padre funciona, aún podemos decir que se ha ido pero todavía, todavía no desaparecido…

José Antonio Martínez-Abarca

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