NO PUEDO CON MURCIA

CONTRA CASI TODO. Por José Antonio Martínez-Abarca. 

Siempre que puedo despotrico, con liberalidad y escasa prudencia, contra Murcia y los murcianos, en las propias barbas de los murcianos. Puedo permitirme ese pequeño lujo porque soy más de este pueblo que la sardina «salá» con acelgas, ajos tiernos y ñoras. Que no me la toque, a Murcia, digo, con sus sucias manos alguien de fuera, como hace por sistema y con insufrible paternalismo la prensa nacional, porque entonces muerdo. Pero entre coterráneos, en el punto de poner a parir esto, nadie me va a callar mi muy mala boca, esa cosa tan murciana, por cierto, y que no tiene nada que ver con el acento.

¿Amo u odio Murcia? No me es fácil responder a eso. Sé que echo de menos Murcia, estando toda mi vida en ella. Echo de menos una Murcia que ya no existe, no porque me gustara, sino porque fue lo que viví, sin posibilidad de elección, en los años decisivos que la construcción sentimental de una persona, como hay gente que echa de menos la guerra porque fue el teatro donde se desenvolvió su infancia. Contra lo que se cree, los niños son felices en las guerras, decía Camilo José Cela, y no es ninguna tontería. Si son felices en una guerra, tal vez sea posible hasta ser feliz de niño en Murcia.


Lo dijo el siempre glacial Rafael Sánchez Ferlosio en su Campo de retamas: «los días felices los pone ahí la memoria. Por eso son tan tristes.»


Desprecio, ya madurito, esta ciudad (no esta Región, muchos de cuyos parajes remansan mi atormentada alma) a la vez que me sorprendo intentando revivir en mi mente emocionados detalles de otra Murcia capital, la de hace cuarenta años, que objetivamente era mucho peor. La conclusión inevitable es que no añoro la Murcia real de los años 70, sino aquel telón pintado decadente y polvoriento y agitanado que era el fondo ante el que se desenvolvía mi pequeño mundo, que acabó hace ya demasiado porque todo el mundo ha muerto, pero es el único mundo que he tenido. Me echo de menos a mí, un niño tan lejano que ya tal vez sea un personaje inventado por el recuerdo. Lo dijo el siempre glacial Rafael Sánchez Ferlosio en su Campo de retamas: «los días felices los pone ahí la memoria. Por eso son tan tristes». Sabemos que hoy contemplamos los días remotos como felices porque esa felicidad nos la hemos inventado con la mente traicionera. Darse cuenta que todo es una ficción mental, en efecto, da mucha, mucha tristeza…

No aguanto ya Murcia, desde hace mucho. Si pudiera vendría por aquí sólo de visita. Hay mucha gente, buena gente, que se echa las manos a la cabeza con tamaña afirmación desarraigada. No pueden entender que nadie pueda irse de Murcia más de una semana sin volverse majareta de melancolía y necesitar una urgente transfusión de quintos de Estrella de Levante en vena. Creen que las tinieblas exteriores empiezan en la Cresta del Gallo. No pueden concebir que haya más planeta, y no malo, un poco más allá. Sé decir que este sitio me deprime: tal vez no se trate de Murcia, sino de España entera. Mis conocidos aseguran que las pocas veces en que salgo del casco urbano, para ir cerca o lejos, revivo, resplandezco e incluso me comporto como una persona normal, incluso abierta. Dicen que río y fumo, yo que no fumo. Yo que no río. Yo que no soy abierto ni normal.

Estando fuera es como si me hubiese quitado, incluso físicamente, un enorme fardo de encima. Me debe ocurrir como al cineasta «outsider» Sam Peckinpah, que se saltaba todos los semáforos con su todoterreno saliendo de Los Ángeles, hacia las montañas, mientras gritaba: «nos estamos alejando de la mierda a toda velocidad». Y dicen también que al volver a Murcia regresa el enorme fardo a mis costillas, y me vuelvo a instalar en la hosquedad, en la fatalidad, en la cansera.

Tal vez la razón de ese aplastamiento moral sea el enorme peso de mis recuerdos felices de hace una eternidad, que tenían como fondo el telón pintado de Murcia, por mucho que sepamos que esa felicidad engañosa es una reelaboración muy posterior de la memoria. Llega un momento en la recta final de la vida en que no se puede soportar la memoria de la felicidad remota, y que lo que hay que hacer es escapar de ella. Estando en otros sitios, donde yo vuelvo a ser persona, es como si no llevara maleta ni memoria. Me siento ligero, sin pasado, futuro, felicidad ni infelicidad, inmaterial. Creo que estoy al inicio de ese proceso en que todo hombre de cierta edad va convirtiéndose en su propio fantasma, volviéndome translúcido antes de desaparecer del todo.


José Antonio Martínez-Abarca

Un comentario en «NO PUEDO CON MURCIA»
  1. «Me echo de menos a mí, un niño tan lejano que ya tal vez sea un personaje inventado por el recuerdo.»

    Un pequeño extracto de La Gran Belleza, que sí existe.

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