Salud en el Antropoceno, por Trinidad Herrero López

La peste negra, o “gran plaga”, que asoló Asia y Europa en el siglo XIV (1347-1353), fue la epidemia más mortífera de la humanidad, en la que perecieron unos cien millones de personas. La peste es una zoonosis, una enfermedad infectocontagiosa, cuyo agente causal es la bacteria Yersinia pestis. El término “peste” hace alusión a pestilencia, por el intenso y desagradable olor que inundaba el ambiente al reventarse los ganglios linfáticos inflamados y purulentos de ingles y axilas, llamados bubones, y que dieron otro nombre a la epidemia: peste bubónica. Pero también se la conoce como “muerte negra” porque la gangrena de áreas cutáneas daba un aspecto negruzco a los cadáveres.
Aunque ahora se sabe que la bacteria la transmitían las pulgas de las ratas al picar y contagiar a los humanos, en aquella época, el agente de la peste era el gran desconocido. Apoyados en las teorías miasmáticas, sí entendieron que los vapores nocivos que emanaban de la materia en descomposición, de las aguas estancadas o de los cuerpos enfermos eran la causa de la enfermedad. Y, como Boccaccio describió en el Decamerón, el pánico hizo mella en los habitantes de las ciudades quienes, si podían, huían hacia zonas rurales, menos populosas, donde suponían que tendrían más posibilidades de evitar el contagio.
Sin embargo, los médicos, que seguían atendiendo pacientes, debían autoprotegerse de los miasmas. Para ello, portaban un singular atuendo, ahora popular en los carnavales de Venecia. Y es que la Serenísima, al ser un puerto comercial, fue una de las ciudades que más estragos sufrió durante esa pandemia. El atuendo de los galenos incluía una bata, tipo guardapolvo, encerado en el exterior, unas botas de cordones, guantes y un largo bastón de madera que les servía para inspeccionar a los enfermos sin acercarse demasiado y que solían coronar con un reloj de arena con alas, con la inscripción tempus fugit, recordando que el tiempo pasa inexorablemente. Pero lo más característico era una máscara blanca con anteojos de la que surgía una larguísima nariz, con dos orificios en el extremo para poder respirar; todo coronado por un gran sombrero negro de ala ancha. En el interior de la nariz introduccían una mezcla de más de 30 hierbas aromáticas mezcladas con la poción Theriaca Andromachi, que creían que purificaba los desagradables vapores y cortocircuitaba la transmisión de los miasmas.
La peste, aunque controlada tras la aparición de los antibióticos, no se ha extinguido. Las plagas nos acechan por doquier. Incentivemos la investigación biomédica y cuidemos el planeta con cordura y precaución porque “ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y, sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas”, Albert Camus dixit.Entretanto, si visitan Viena acérquense a la renombrada Pestsäule o Columna de la Peste, sita en Graben, calle del distrito Innere Stadt. Es una columna conmemorativa, erigida entre 1679 y 1693 por el emperador Leopoldo I quien, para que desapareciera la epidemia, arrodillado, reza a la Santísima Trinidad, rodeada por nueve coros de ángeles.

