Internet sigue sin tener futuro

Contra casi todo, por José Antonio Martínez Abarca

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Una de estas mañanas se cayó, otra vez, el sistema informático del mundo. Eso, hoy día, equivale a que nada en absoluto funcione. Ni el encender una vela. Lo cual vuelve a demostrar que los servicios internacionales de redes han sido más un atraso que un adelanto, con importantísimas y frecuentes fallas que cuestan miles de millardos. Internet plantea problemas nuevos a soluciones preexistentes. Es como el actual Gobierno de España, que nunca escatima la posibilidad de crear un problema sin solución en lo que nunca había sido un problema y ya estaba solucionado. 

Ya me lo decía el maestro de columnistas García Martínez cuando el milenio anterior doblaba su cabo hacia este siglo y yo, modestamente, a pesar de pertenecer a una generación analógica, era un pequeño pionero en el uso laboral y comercial de la red global: «Nene, hazme caso, internet no tiene futuro». Yo me reía. Sí, sí, reía. Antes de que muriese me dio tiempo a reconocerle que tenía razón y que no era ninguna boutade. ¡Si hasta los principales inventores de las redes globales renegaron de su invento! Internet no nos ha traído el futuro, sino problemas que ya estaban resueltos por la civilización en las largas eras analógicas. 

Cuando nada funciona porque una mariposa ha aleteado cerca de no sé qué enorme nube guardadora de datos y eso provoca el caos, nos damos cuenta que internet nos ha traído un atraso. Un novelista valenciano de mucho éxito que hace tochos ambientados en el imperio romano lo ha venido a decir también: ante los puentes destruidos por la riada del barranco del Poyo, los romanos hubiesen construido otros mejores en piedra en pocos día; y en la España globalizada de hoy ha pasado más de un año y no se ha hecho nada, los puentes siguen destruidos. La era moderna ha problematizado y, a veces, vuelto irresoluble lo que hace milenios ya estaba resuelto.

La tecnología más moderna es siempre la más eficiente. Por eso un libro mohoso de papel del siglo dieciséis es más eficiente que un e-book y, por tanto, más moderno (el e-book es sólo más contemporáneo, que no es lo mismo). Un libro de papel con las guardas en piel de becerro puede leerse al sol, no necesita alimentación y encima los conceptos leídos en una página física, tocable, con olor a madera, se fijan en la memoria mucho más convincentemente que en la lectura virtual en una pantalla, como se ha descubierto en la docencia actual, que está volviendo por sus propios pasos y renunciando al uso de ordenadores, sobre todo a edades tempranas. 

En la era de la preglobalización, cualquier incidente producía efectos de cercanías, que se amplificaban hasta afectar a todo el orbe. Tener un corral de gallinas en el jardín de casa (aunque sea furtivo, ya que ahora parece ser que multan por eso) es un sistema más seguro que depender de una gran cadena de distribución, que puede verse alterada por cualquier incidente menor, por cualquier tontería, en algún lugar remoto del planeta del que nadie sabía que dependía todo. Y guardar nuestro dinero en un calcetín bajo una baldosa evita que ese dinero, reducido a algoritmos y no a billetes físicos, desaparezca para siempre el día en que a un contratado un poco golfo en un sistema financiero mundial le dé por apretar un botoncito. Que ya ha pasado.

José Antonio Martinez-Abarca.

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