LOS NIÑOS Y LA INTELIGENCIA EMOCIONAL

MI PUNTO DE VISTA. Por Pilar García Cano.

La inteligencia emocional es un conjunto de habilidades que una persona adquiere por nacimiento o aprende durante su vida. Como pueden ser, entre otras, la empatía, el autocontrol y el entusiasmo. Ser inteligente emocionalmente nos capacita para tener buenas relaciones con los demás y con nosotros mismos.

Según Daniel Goleman, las emociones son poderosas y dominarlas es necesario. La inteligencia emocional es una forma diferente de ser inteligente y no tiene nada que ver con el coeficiente intelectual. Consiste en cómo te manejas a ti mismo y tus relaciones con los demás.

La pandemia que vivimos ha puesto en valor en las empresas y en las profesiones, como las sanitarias, un liderazgo basado en la empatía, la conciencia social, la superación de obstáculos, el manejo del estrés, etc.

La inteligencia emocional es una forma diferente de ser inteligente y no tiene nada que ver con el coeficiente intelectual

Desde que apareció el concepto de inteligencia emocional, se han publicado multitud de artículos y hecho muchas investigaciones, llegándose, desde mi punto de vista, a las siguientes conclusiones: son factores determinantes la educación recibida, los genes y las experiencias infantiles. Y, además, pueden mejorar con los años -es lo que llamamos madurez-.

Los buenos programas formativos funcionan, aunque no hacen milagros, gracias a la plasticidad neuronal y a la capacidad del cerebro para cambiar a cualquier edad. Y es que también hay dificultad para evaluar la inteligencia emocional, ya que una cosa es cómo nos vemos nosotros y otra cómo nos ven los demás.

Los niños cuando nacen tienen una vida emocional elemental, basada en la subsistencia, pero a los 10 meses ya tienen una serie de emociones adquiridas. Según madura el cerebro aparecen la alegría, la tristeza, la sorpresa, el miedo, la irritación y el disgusto.

En la edad de 0 a 3 años predomina el juego como vía de aprendizaje y no se ha desarrollado el lenguaje aún. Aunque entienden todo lo que queremos expresar los adultos.

De pequeños necesitan ayuda para todo, incluso para comprender por qué algunas veces están tristes y otras contentos. La figura del adulto siempre está presente, tanto desde el ámbito educativo, como del familiar. Por ello, es imprescindible que trabajen de forma coordinada y se sigan las mismas directrices.

De los 3 a los 6 años, ya tienen interiorizadas varias emociones y pueden trasmitirnos cómo se sienten. Es importante que les ayudemos a gestionarlas. Debemos incidir en que sepan gestionar tanto las emociones negativas, como la tristeza, el llanto, o la frustración y las positivas, como la alegría, la euforia o la sorpresa. Actualmente, en el mercado hay libros y cuentos que pueden orientar a los docentes y padres para trabajar las emociones.

Desde los 6 a los 11 años, se producen muchos cambios, tanto sociales como académicos. En esta etapa empiezan a distinguir lo que está bien y lo que está mal. Son capaces de reflexionar sobre ello y comprenden conceptos como la verdad y la mentira. Es fundamental mantener la autoestima y la confianza en sí mismos y controlar las emociones negativas, como pueden ser los celos, la envidia o la ansiedad. Es entre los 10-12 años cuando entienden la amistad como algo recíproco y valoran la fidelidad.

En esta última etapa mencionada, hay mucha presión social. En ella es fundamental hablar mucho con ellos, de una forma distendida, tanto en el ámbito familiar como en el escolar. Con ello conseguiremos que se sientan escuchados y, para ello, es primordial que trabajen de forma conjunta profesores y padres. De esta manera, se puede crear una base formativa necesaria para las etapas siguientes de su vida, como la adolescencia.

Pilar García Cano.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.