Los júbilos intelectuales y personales del Lyceum Club Femenino

Plumas cruzadas, por Rosalía Ortiz

Placa conmemorativa del Lyceum Club Femenino en la Casa de las Siete Chimeneas, Madrid. Diario de Madrid.

Al visitar el núcleo urbano de la capital madrileña, quizá hemos paseado por la Plaza del Rey sin reparar en el número 31 de la calle Infantas, esto es, en la Casa de las Siete Chimeneas. Los muros de ese edificio, actual sede del Ministerio de Cultura, son testigos de los inicios de uno de los movimientos de asociación femenina más célebres de todo el siglo XX español. 

El Lyceum Club Femenino (1926-1936) fue mucho más que un lugar de encuentro entre mujeres; representó una apuesta colectiva por la educación, la cultura y la igualdad civil como fundamentos de una sociedad más justa. Para celebrar que el próximo cuatro de noviembre se cumplirán cien años de la inauguración de este Lyceum, cruzaremos los vínculos intelectuales y personales de algunas de las mujeres que formaron parte de él, siendo una de ellas la ilustre cartagenera Carmen Conde (1907-1996), tal y como consta en la Libreta de asociadas (Archivo de Pilar de Zubiaurre). 

Inspirado en el modelo internacional nacido en Londres en 1903, este Club se organizó en siete secciones especializadas -Literatura, Música, Artes Plásticas e Industriales, Internacional, Hispanoamericana, Ciencias, Social- para que las intelectuales pudieran crear redes profesionales, analizar las leyes que las interpelaban y poseer, al fin, una “habitación propia” fuera del ámbito doméstico. Del compromiso social y pedagógico de esta asociación nació la llamada “Casa de los Niños”, una guardería laica, ubicada a partir de 1929 en el barrio de Cuatro Caminos, destinada a educar de forma gratuita a los hijos de mujeres obreras mientras estas trabajaban. 

Una tertulia en los salones del Lyceum Club. Estampa. Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.

Además, la Sección Hispanoamericana, encargada de potenciar el intercambio de relaciones culturales trasatlánticas, permitió que muchas de las actividades realizadas por este Lyceum contaran con la colaboración de grandes figuras latinoamericanas, como la médica uruguaya Paulina Luisi (1875-1949), destacada por su defensa de la abolición de la prostitución; la poeta y profesora chilena Gabriela Mistral (1889-1957), Premio Nobel de Literatura; la escritora y lirófora argentina Alfonsina Storni (1892-1938), cuya lírica metaforiza la lucha por la emancipación femenina, y la pintora e ilustradora gráfica argentina Norah Borges (1901-1998). 

Dos de estas insignes mujeres, la chilena Gabriela Mistral y la argentina Norah Borges, confluyen en la segunda obra de Carmen Conde, titulada Júbilos: poemas de niños, rosas, animales, máquinas y viento, editada en Ediciones Sudeste e impresa en los talleres tipográficos de la Editorial La Verdad de Murcia en 1934. En estos poemas en prosa, Conde recurre a la polifonía para evocar la infancia en Cartagena y Melilla, poblada de asombro ante la realidad y ante el progreso técnico de los aeropuertos, la máquina de escribir y la locomotora. 

El alma del libro reside en el prólogo titulado «Carmen Conde, contadora de la infancia», escrito por una Mistral que quedó prendada de la sensibilidad de la joven murciana tras recibir su primer volumen, Brocal (1929), que había perseguido a la poeta chilena por “medio mundo” antes de alcanzarla, como recuerda Conde en 1977, concretamente en su artículo para el número 348 de la revista Mundo Hispánico. 

Carmen Conde con Gabriela Mistral en el parque El Retiro, Madrid, 1933. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Patronato Carmen Conde-Antonio Oliver. 

Dicho artículo nos acerca a una relación que trascendió lo literario. Conde relata con emoción cómo acudió a Madrid para conocer personalmente a Mistral en su casa de la avenida Menéndez Pelayo. Fue allí, un domingo de septiembre de 1933, donde la maestra chilena quiso escribir el prólogo «a su lado mismo». En aquel encuentro inolvidable, Conde esperaba a su primer infante —a quien dedicaría la obra tras su triste pérdida (“A María del Mar que se fue a bordo de su nombre”)—, y Mistral dejó escrito que aquella criatura llegaría al mundo envuelta en la «primera faja» de aquellos poemas sobre la niñez. 

El triángulo creativo en torno a Júbilos (1934) se completa con las ilustraciones de Norah Borges, quien aportó su inconfundible estética ultraísta de líneas claras y sencillas. Sus dibujos no son decorativos, sino que son interpretaciones que capturan la “patria celeste” de la infancia a través de ángeles y niños que transmiten la nostalgia y dulzura de los versos de Conde. 

Por consiguiente, Júbilos es ejemplo de uno de los grandes lazos intelectuales y afectivos guardados en el papel. Asimismo, esta colección de poemas en prosa es un diálogo de plumas cruzadas entre Murcia, Chile y Argentina en la década de los años 30 del pasado siglo. ¿Qué otros vínculos entre literatos preserva el siglo XX? 

Rosalía Ortiz Jiménez Filóloga hispánica y coordinadora del Club de Lectura
Rosalía Ortiz Jiménez
Filóloga hispánica y coordinadora del Club de Lectura

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