Revista Música. Número 11, 1 de junio de 1917
LIBRETO 8
Pabellón de Música, por Pedro Manzano

No parece difícil imaginar los debates que hubieron de producirse en torno al tema de la música en los salones del Casino de Murcia —el salón de música estaba ubicado en el Congresillo— en los primeros decenios del siglo XX. La música era importante en la actividad del Casino y, seguro, comidilla habitual entre los murcianos y murcianas que acuden con frecuencia a las dependencias de la institución. Hay que tener en cuenta que en los años veinte el Casino llegó a contar con dos pianos, un armónium y una pianola marca Ronisch. Esta última de libre disposición de los asociados que “ameniza la vida del casino”, y dado que numerosos señores socios —y, es de suponer, que algunas señoras e hijas de esos socios también— la manejan, ha obligado a establecer turnos y regular sus horas de funcionamiento, en “espera que pase el ardor musical y se de descanso al aparato”, tal y como se anotaba en el acta de la Junta General de 31 de diciembre de 1916. Llegaría a tener el Casino dos pianistas en nómina, y el propio maestro Ramírez, autor del Himno a Murcia, ejerció en su sede como profesor de armonía. A esto habría que sumar los múltiples bailes y actos sociales donde la presencia de la música era parte esencial e imprescindible: Baile de las Uvas y Reyes, Baile de la Candelaria y Carnaval y Fiestas Literarias con baile incluido.
El álbum-revista musical Música que, como suscriptor, recibe el Casino de forma periódica a mediados del segundo decenio del siglo veinte, contribuiría, a buen seguro, a dinamizar el debate alrededor del hecho musical y a las actividades que, referidas a la música, fuesen de relevancia nacional.
La revista Música publica en su número 11, fechado el 1 de junio de 1917, información sobre el contrato firmado por la compañía del legendario bailarín y coreógrafo ruso Vaslav Niyinsky con el Teatro Real de Madrid. La alta sociedad murciana tendría así conocimiento de las actuaciones de los ballets rusos en nuestro país y del repertorio que interpretarán y representarán a lo largo de la temporada: El Pájaro de Fuego —cuento ruso en un acto—, de Igor Strawinsky; el drama Cleopatra, con música de Arensky, Rimsky-Korsakow, Glazounow y Glinka; Silphides, un ensueño romántico con música de Chopin; Carnaval, escenas inspiradas en la música de Schumann; danzas de la ópera El Príncipe Igor de Borodine; El Espectro de la Rosa, cuadro coreográfico inspirado en un poema del dramaturgo francés Teófilo Gautier; o El Corregidor y la Molinera de Falla, entre otras obras. Una temporada prometedora y brillante señala el artículo. Una temporada en el Real que seguro contó con asistencia de público murciano, dada la fama que precedía a los ballets rusos.

Un artículo que cita de forma expresa las coreografías y bailes de Léonide Massine; los decorados y vestuario del pintor y constructor de escenografías León Bakst, que hasta 1918 mantuvo relación con Serguéi Diághilev —al que, curiosamente, no se menciona en dicho artículo— y los ballets rusos; a Nikolái Roerich, un pintor y decorador interesado por el simbolismo y las filosofías orientales; a Boris Anisfeld, otro artista escenógrafo simbolista; al pintor futurista ruso Mijaíl Larionov; y a Natalia Gontcharova, pareja de Larionov y perteneciente, como este, al influyente movimiento pictórico ruso Sota de Diamantes.Un artículo que recoge un programa en el que parece echarse en falta la cita a Picasso, que tuvo relación con los ballets rusos —los más vanguardistas en la escena teatral del momento, bajo las órdenes de Diaghilev— desde finales de 1915. Pero es de ley referir aquí que los decorados del Sombrero de Tres Picos, con música de Falla; Parade, con textos de Cocteau y música de Satie; o Pulcinella, que orquestó Stravinsky, son creaciones de Picasso para los ballets posteriores a 1917, año en que se editó este número de Música. Menos conocida es la colaboración de los ballets rusos con José María Sert, que realizó las escenografías de Las Meninas, con música de Fauré, estrenada en San Sebastián en 1916, y Los Jardines de Aranjuez, a cargo de Fauré, Ravel y Chabrier, estrenada en Madrid en 1918. Un artículo, en cualquier caso, que habría de servir para acercar a Murcia las más innovadoras corrientes del arte.

