Cartas desde Tombuctú, por Antonio V. Frey

En este desolado páramo en el que me encuentro y desde el que escribo, en el desierto del Sahara, se celebra la Navidad. Te preguntarás cómo es posible que los musulmanes la celebren, cuando para ellos Jesucristo sólo fue un profeta, el más querido por Dios, eso sí, después de Mahoma. Mi afirmación tiene truco: celebran el nacimiento de éste, de su profeta, el que fundó su religión. Lo llaman con el original nombre árabe de Mawlid al-Nabi, que se traduce literalmente como “el nacimiento del Profeta”. Sí, diferentes culturas y religiones, pero similares necesidades. El ser humano es maravilloso y único.
Quería contarte que en el pasado año 2025 lo celebraron el 13 de septiembre, y este año lo harán el 25 de agosto. Ello es debido a que se rigen por el calendario lunar, que hace, como con nuestra querida Semana Santa, que esa y otras festividades varíen de fecha a lo largo del año. Otro dato interesante que me explicaron mis amigos de allí es que se celebra en casi todo el mundo musulmán, generalmente donde un islam más moderado rige la vida religiosa.
Estas fiestas del Mawlid suelen ser muy concurridas, hasta el punto que algunas han sido declaradas por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, como las que se celebran en Sudán y en la ciudad marroquí de Salé. En ésta última se organiza una pintoresca y solemne procesión a la que hace unos años tuve ocasión de asistir. Son sus organizadores los descendientes de un místico sufí llamado sidi Abdalá Ben Hassoun, que está considerado uno de los santos patrones de esa ciudad vecina de Rabat. Al acabar, todos asistentes se entregan a un suculento y generoso festín en una explanada junto la tumba del santo, en la puerta amurallada que da al océano. Hay bailes y se interpreta música —según me revelaron— de raíces andalusíes y moriscas, pues muchos de los vecinos son descendientes de antiguos habitantes de la España musulmana ahí refugiados entre los siglos XIII y XVII.

Aquel vínculo con España no es casual. Verás, el Mawlid empezó a celebrarse en Egipto en el siglo X. Luego de estar censurado durante doscientos años, el cuñado de Saladino lo volvió a impulsar. Entonces, implantada en el siglo XIII de la mano de maestros sufíes llegó, primero a Ceuta y, luego, a al-Andalus. Incluso hay algunos testimonios que dicen que tuvo un importante éxito social, pues el influjo sufí era muy potente en Murcia y Andalucía antes de la Reconquista. ¡Quién sabe si en nuestra querida Murcia, la de los 1.200 años, se celebró de manera tan concurrida y alegre!
Aquí, en el desierto, todo es más sobrio, aunque en nada desprovisto de la alegría. Simplemente los beduinos, después de sus oraciones, preparan una buena cena regada con el preceptivo té o el riquísimo karkadé y se sientan alrededor de una fogata. Alguien siempre toca algo de música y canta. Conforme la noche avanza, se cuentan historias del desierto y se hacen chanzas con esta o aquella cosa. La cordialidad es absoluta. El extranjero, el cristiano, en este caso yo, soy cortésmente invitado con esa reverencial hospitalidad que es la otra religión del hombre del desierto. Llegado el momento quieren saber cómo celebramos la Navidad del profeta Isá, que es como conocen a Jesucristo. Me resulta fácil explicarles que, aunque celebramos dos acontecimientos distintos, el ambiente y los buenos deseos son los mismos, lo que demuestra que somos hijos del mismo Dios.

