Toponimias, por Santiago Delgado

Antes de estudiar el tema, supuse yo que encebra era un fitónimo; es decir, un nombre de planta, o árbol, acaso. Algo así como enebro o aliagas. Pero no, encebra es un zoónimo. Es decir, un nombre de animal.
Las Encebras se halla a la derecha de la autovía Murcia-Yecla, cuando ya se ha pasado el desvío que nos conduciría a Madrid. A unos 25 km de dicho desvío, a la derecha. Es un lugarejo, con todos los honores de la palabra. Y ya es hora de que aclaremos qué significa encebra: la encebra es un équido, como la misma cebra, el caballo, el onagro o la mula. Sí señor, en la península tuvimos un caballo salvaje, pequeñito e indomable. Nunca fue domesticado. Y prefirió morir, pero libre, a vivir estabulizado o sirviendo al humano de bestia de arrastre. Por demás, era incomestible. Muchas especies, ante el avance del homo sapiens, se fueron retirando a montañas y nieves u otros inhóspitos hábitats. Él, la encebra, no se rindió. Y quedó reducido a lugares que algunos humanos dieron, acertadamente, en llamar con algún derivado del zoónimo encebra como, por ejemplo, Cebreros, la patria de Adolfo Suárez.

Ése es el misterio, se transfiguraron en topónimo, ilustrísimo topónimo donde los haya. Su lugar era la llanura y en ella murieron, extinguiéndose como esas tribus desaparecidas por el avance de la autodenominada civilización. En esa planicie al oeste del Carche, allí quedaron orgullosamente independientes las últimas encebras de todo el sureste, podríamos decir. Y tal paraje tomó su nombre.
No busquen al cronista romano que describiera a los feroces iberos montando sus montaraces encebras, no sucedió tal. Los animales que glosamos no se dejaban montar ni domesticar. Prefirieron una muerte numantina a colaborar con el bárbaro depredador que no conocía límites a su especie.
Les aconsejo ir entre San Pedro y San Fermín. Son las fiestas y hacen los mejores roscos de vino de toda Jumilla. Tan al lado y nunca entramos. ¡Vamos a Las Encebras todos!

