La provincia 53

Cartas desde Tombuctú, por Antonio V. Frey

Vertedero de Echediría.

Querida amiga,

Una canción dice que la distancia es el olvido. Y nada más cierto, pues los españoles se empeñan en olvidar que una parte del Sahara perteneció a España: era la provincia 53; una provincia donde dejamos una impronta indeleble en su paisaje, pero también en el recuerdo –hoy mayoritariamente grato- de sus habitantes. Te digo esto porque a lo largo de mis viajes por su desierto me he topado con innumerables vestigios de la presencia de quienes debieron ser auténticos aventureros, a la par que abnegados funcionarios entregados al fin de “hacer España” en aquel rincón del mundo.

Parte del Sahara perteneció a España: era la provincia 53

En algunas ciudades como El Aaiún, Dajla o Tarfaya he encontrado restos tanto militares como civiles. En El Aaiún persiste mucho del urbanismo de una ciudad que empezó a levantarse en 1934, incluida una iglesia y el antiguo parador nacional, hoy reconvertido en un lujoso hotel. En Dajla –antigua Villa Cisneros- perdura el trazo urbano, pero el antiguo fuerte de época de Francisco Bens fue tirado abajo hace menos de veinte años. En Tarfaya aún se yergue majestuoso el fuerte y otras instalaciones vinculadas a la administración y al entonces importante aeródromo. Los monumentos de carácter militar han desaparecido todos; quedan algunos civiles, como la placa que atestigua la primera casa construida en El Aaiún. Y hablando de placas, allí también he podido encontrar alguna tapa de alcantarillado, y aún perduran los buzones de la estafeta de esa ciudad, que son punto de peregrinación de ciudadanos chinos, pues era el lugar de partida de cartas de una célebre literata compatriota suya allá en los sesenta.

En algunas ciudades como El Aaiún, Dajla o Tarfaya he encontrado restos tanto militares como civiles.

En el campo el abandono es mayor. Aunque el desierto tiende a conservar, lo cierto es que las instalaciones relacionadas con el ejército están prácticamente deshechas. Incluso en lugares como Bucraa, donde había un acuartelamiento de la Legión que custodiaba la extracción de fosfatos. Eso sí, la interminable cinta transportadora de aquella sal mineral sigue haciendo su papel, aunque con más de un parche. Y los pozos de agua que abrimos en los años cuarenta y cincuenta, así como sus depósitos, se mantienen con aparente eficacia.

Como curiosidad, España aún no tiene sede consular en El Aaiún, pero posee un edificio que hace las veces de tal delegación. Es la contaduría de España, que se encarga de administrar los bienes inmuebles que posee nuestro país, tales como viviendas, un colegio y un centro cultural, así como de pagar puntualmente las pensiones a aquellos saharauis asimilados a la administración ya fuera como civiles o guardia territorial.

Los monumentos de carácter militar han desaparecido todos

Olvidadas viejas rencillas, hay un grato recuerdo de la pertenencia a España que hace que muchos conserven sus carnés de identidad y sus hijos o nietos reclamen la nacionalidad. Desde tiempo de Francisco Bens, España hizo mucho por los saharauis: les llevó los beneficios de la civilización europea y los convirtió en parte de su cuerpo político y administrativo. En mi fuero interno creo que nunca debimos haber dejado ese bellísimo territorio, pero la realidad se impone y únicamente el recuerdo de quienes estuvieron allí y los vestigios materiales de nuestro paso nos ata al Sahara. Dos detalles: hay varias páginas web que cultiva ese recuerdo; algunas cuajadas de datos y material gráfico. Y si no tienes suficiente, querida amiga, te invito a que un día vengas a sonreírte a un vertedero –sí, a un viejo vertedero- de un remoto asentamiento militar del desierto donde hallarás antiguas botellas de Mirinda, Pepsi-Cola o cerveza El Águila; auténticas reliquias de un pasado que no volverá.

Antonio V. Frey Sánchez

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