JUAN DE AUSTRIA Y EL LEÓN

MESA CAMILLA. Por Paco López Mengual

Don Juan de Austria. Enstropia, CC BY-SA 4.0 <https://creativecommons.org/licenses/by-sa/4.0>, vía Wikimedia Commons

¿Un león suelto por las calles de Murcia? Sí; escuchen. Era el año 1575, cuando Juan de Austria, el victorioso capitán de la Batalla de Lepanto, quiso repetir el mismo itinerario por las calles de Murcia que, casi cien años antes, habían recorrido sus bisabuelos, los Reyes Católicos. Así que don Juan de Austria, que iba de paso hacia el puerto de Cartagena, entró a caballo en la ciudad por el arrabal de San Andrés, recorriendo la calle de San Nicolás en dirección a la Catedral, donde tenía previsto detenerse a rezar. Los murcianos dejaron sus oficios, salieron de sus casas y abarrotaron el camino por donde pasaría la comitiva. Pero ocurrió algo extraño ese día, porque al paso del séquito, lejos de jalear con vítores y aplausos al hermanastro de Felipe II, el pueblo se iba ladeando, asustado, buscando refugio en portales y callejones. El motivo era la presencia de un descomunal león que caminaba suelto, sin ataduras, junto al caballo del miembro de la Familia Real. El pánico cundió en la plaza de Santa Catalina cuando la fiera se detuvo y, agitando su melena, emitió unos espantosos rugidos que lograron la huida en desbandada de todos los que allí se concentraron. Fue difícil convencer a las gentes para que regresasen, puesto que el animal era completamente manso, y tan inofensivo como un perrillo.

El pánico cundió en la plaza de Santa Catalina cuando la fiera se detuvo y, agitando su melena, emitió unos espantosos rugidos

Se trataba de un león del Atlas, el felino de mayor envergadura de toda África, regalo del rey de Túnez a don Juan por haber liberado su reino de las garras turcas. Contaban que se encontraba el español durmiendo la siesta en uno de los jardines de su anfitrión tunecino cuando despertó y encontró a la fiera echada a sus pies, con la vista clavada en él. Lleno de pánico, no portando ningún arma encima con la que defenderse, tampoco se atrevió a gritar pidiendo auxilio para no irritar al espantoso animal. Entonces, apareció un criado que le pidió que no temiera, pues se trataba de un león domesticado, la mascota de aquel palacio moro.

Tal y como le indicó el sirviente, aunque con cierta reserva, don Juan comenzó a acariciarle la melena y el lomo en señal de amistad. Desde ese momento, el león no se separó ni un instante del ilustre invitado, siguiéndolo por todas las estancias del palacio, echado a sus pies mientras comía e, incluso, durmiendo en su propia alcoba. Fue tal la compenetración que encontró entre ellos, que el rey Hamida se lo entregó como regalo por sus servicios el día que se despidieron. “Ahí pueden contemplar juntos a dos leones –dijo–: el león de la guerra y el león del desierto”. Desde entonces, don Juan de Austria y el león se convirtieron en inseparables.

Cuando, en la última campaña bélica de su vida, el victorioso hermanastro del rey marchó hacia Flandes –tumba de tantos héroes españoles– el león quedó confinado en palacio. Cuentan que, como si de dos almas gemelas se tratara, mientras don Juan agonizaba en los Países Bajos tras una fallida operación de hemorroides, el león pasó varios días rugiendo de una manera escalofriante, hasta que de pura tristeza, aquella inofensiva fiera que un día sembrara el pánico por las calles de Murcia, se dejó morir.

Paco López Mengual.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.