El mundo nunca ha sido suficiente

Huellas de nuestro pasado, por Joaquín Pérez Egea

Auto de fe de la Inquisición en Lisboa.

Al igual que en el número anterior de “Huellas de nuestro pasado” nos acompaña José Javier Ruiz Ibáñez, catedrático de Historia del Pensamiento de la Universidad de Murcia, especialista en Historia política y en la proyección de la Monarquía Hispánica más allá de sus fronteras.

¿Se puede hablar de globalización en la época de Carlos V y Felipe II?

Sin duda. A finales del siglo XV los portugueses llegaron a la India y a las islas del Océano Índico y a principios del XVI a China y a Japón. Los castellanos a América en 1492 y desde 1519 se encontraron en el continente con poblaciones extremadamente sofisticadas. A partir de entonces se generó una circulación importante de saberes, de personas y de bienes, basada en la aventura, en la ambición y en la codicia.

¿En qué se sustentaba el poder de los monarcas en un territorio tan extenso?

No en la fuerza militar. Los contingentes de la monarquía hispánica eran muy reducidos, exiguos frente a los del imperio Mogol en India, el imperio Ming en China, los señores feudales japoneses o incluso los mexicas y los incas americanos. El poder de Carlos V y posteriormente de Felipe II se consolidó pactando con élites que ganaban guerras civiles y eran instrumentos de gobierno local y esas élites necesitaban que el rey, como representante de Dios, las reconociese como socialmente eminentes, sin importar que provinieran de linajes tradicionales o de procesos de movilidad social. Todos salían ganando. Esta recapitalización política de las élites se dio por igual en Murcia, en América, en la India, en Italia, en Nápoles, en Navarra y en todos los territorios de la monarquía hispánica y propició sistemas políticos extremadamente durables.

El asedio de Cambrai, septiembre de 1581. Bibliotheque Nationale, Paris.

La violencia se redujo mucho en el siglo XVI.

En el nuevo modelo, la reivindicación de la eminencia social en la genealogía se utilizaba a través de la monarquía y de los marcos jurídicos, cosa que por lo menos reducía los niveles de violencia e incrementaba mucho los niveles de consenso. El rey pactaba y tenía que mantener una credibilidad y procurar que las élites no tuviesen demasiado poder, con lo cual la presión sobre el pueblo estaba moderada por la ley del monarca. Era un sistema desigual, injusto y brutal según nuestros ojos, pero tenía una serie de reglas y la figura del rey juez por eso era tan importante.

¿Afectó esta globalización a la vida diaria?

Más o menos. La mayor parte de la población seguía siendo campesina, seguía teniendo sólo movilidades estacionales. Pero poco a poco fueron apareciendo cosas que les cambiaban un poco la vida, a veces de forma consciente, como que un señor les viniera a pedir dinero para las misiones en Malaca, a veces de forma inconsciente, como que sus cerdos empezasen a comer maíz. Y claro, los protagonistas de estos cambios fueron los mundos ibéricos: en Asia, a los poderes locales les interesaba porque actuaban como comercio regional y cuando los españoles llegan a Manila, todavía más, porque China y la India requerían enormes cantidades de plata americana.

¿Felipe II murió de éxito?

Básicamente, sí. El problema era el horizonte de expectativa, las opciones de expansión, que se habían abierto dese 1580, pero que debían ser resueltas con unos recursos muy limitados. Si tienes la posibilidad de incorporar a Francia a tu imperio, un reino con el doble de población de toda la Península Ibérica, pues es muy difícil no intentarlo. Pero también tienes al mismo tiempo la posibilidad de incorporar a Inglaterra, de recuperar los Países Bajos, de intervenir en Irlanda, de expandir las fronteras americanas. Con los tercios y la armada invencible, la monarquía hispánica tenía el ejército más importante del mundo occidental (aunque nada que ver con Japón o con China, por supuesto) pero en todo caso era un ejército muy pequeño para retos tan infinitos.

¿Cómo se enfrentó a tantos compromisos?

La monarquía de Felipe II, en sus últimos 20 años de reinado, tenía una aparente capacidad de intervención enorme. Desde Inglaterra, Francia, Grecia, Chipre, Túnez, Escocia, Ceilán, Japón, sus socios le reclamaban ayuda y le pedían que interviniese en sus guerras civiles. En este contexto, el rey, por su prestigio y por la autorrepresentación que había hecho de sí mismo, no podía dejar de intervenir, pero no había recursos suficientes en el mundo y se produjo una gran acumulación de frustraciones, además de la descapitalización de su propia economía.

Mapa de las posesiones de Felipe II en 1580.

¿Cuál fue el final?

En la última década del siglo XVI, este sistema colapsó y quedó claro que la monarquía hispánica, por falta de recursos, no podía seguir apoyando por el mundo a rebeldes contra reyes juzgados como tiranos, ni intentando incorporar sus territorios. Ya en el reinado de Felipe III, al principio del siglo XVII, se intentó otro tipo de hegemonía, reconociendo la legitimidad de sus vecinos, buscando la paz y luchando guerras sólo por espacios de influencia. Un poco como sucede hoy en día con la balcanización del planeta entre Estados Unidos y China o con Rusia y Europa.

¿Tenía el pequeño Reino de Murcia algún papel en este contexto global?

Era un mundo local, pero enormemente abierto: había murcianos en Flandes, en Italia, en Baviera, en Filipinas, en América y en muchos otros lugares y en Murcia y Cartagena se asentaron comerciantes procedentes de Génova y de Saint-Malo… Diego de Saavedra Fajardo, de quien M. V. López Cordón ha publicado recientemente una biografía, diplomático, erudito y literato, representó al rey de España en el congreso de paz de Westfalia (1648), que puso fin a la guerra de los treinta años. Álvaro de Santa Cruz dejó sus huesos en Amiens defendiendo la plaza para Felipe II (1597). Alonso Fajardo de Tenza fue gobernador y capitán general de Filipinas (1618-1624) y quedó marcado por el asesinato de su esposa adúltera, después de facilitarle la confesión. Pedro Fajardo de Zúñiga, nacido en Mula, fue virrey de Sicilia (1644-1647) y así podríamos seguir… Por aquí pasó la primera embajada japonesa y salieron las milicias a recibirla y en Murcia se hicieron fiestas, décadas después, por los mártires cristianos japoneses asesinados en la persecución de los Tokugawa. Sin duda el horizonte se hizo muy amplio.

José Javier Ruiz Ibáñez. historiador especialista en historia política de los siglos XVI y XVII, profesor en la Universidad de Murcia, ha trabajado sobre la ciudad en el siglo XVI, la construcción de la Monarquías Hispánica, las Milicias, la Inmaculada Concepción, el cautiverio, la religión de los tercios y la Hispanofilia. Acaba de publicar su Non auro sed ferro. La gloria del ocaso de la hegemonía hispánica a finales del siglo XVI en el Norte de Francia.

Joaquín Pérez Egea
Joaquín Pérez Egea

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