Las moscas

Pinceladas, por Zacarías Cerezo

Retrato de Dalí, por Zacarías Cerezo.

Pintar al aire libre es una de las experiencias que más felicidad me proporcionan y, aunque a veces el frío, el viento o el calor le restan placer, han sido las moscas y mosquitos los que me han arruinado más de una sesión de acuarela ante un paisaje maravilloso. Me pregunto si a mis admirados impresionistas, los Van Gogh, Cézanne o Monet les pasó alguna vez lo mismo que a mí o es que soy demasiado pejiguero. ¿Había moscas en la Provenza? ¿Pudieron tener alguna influencia en el Impresionismo, para bien o para mal?

Mi infancia transcurrió inmersa en un notable mosquerío ambiental. En la huerta, las casas tenían entonces un corral y una cuadra donde se criaban cerdos, conejos y gallinas que propiciaban que los domingos hubiera carne en el arroz familiar, y si había excedentes se vendía algún animal y se sumaban cuatro reales a la economía doméstica.

A los animales hay que alimentarlos a diario, y a diario defecan —los cerdos, los que más—. No quedaba otra que sacar aquel magma fétido y alejarlo del lugar donde se desenvolvía la vida familiar. La cuadra, efectivamente, genera estiércol, fuente de nutrientes para los huertos; si no lo generas lo tienes que comprar a otros huertanos, por lo que los montones de estiércol formaban parte del paisaje de mi infancia, delante de casa o en las orillas de los caminos antes de ser extendidos en los bancales, humeando y generando gases que atraen a las moscas. En el estiércol encuentran las moscas un nido perfecto para los cerca de 1.000 huevos que pondrán en sus 30 días de vida. Luego, las larvas descomponen la materia orgánica y convierten el estiércol en fertilizante. Lo malo era que las moscas acababan invadiendo el hogar y había que combatirlas, con escaso éxito, con cintas adhesivas, insecticida “Flit” o el vulgar matamoscas.

Aunque es un díptero poco apreciado, la mosca ha tenido mucha presencia en el arte. Cuenta Vasari que, estando Giotto en el taller de Cimabue, para demostrar su destreza aprovechó una ausencia de este y pintó una mosca en la nariz de un personaje que el maestro estaba pintando. Cuando volvió Cimabue se puso a espantar la mosca, hasta que se dio cuenta de que estaba pintada. Si este “truco” fue frecuente en el Renacimiento, en el Barroco abundaron los bodegones con frutas podridas, las calaveras o las flores marchitas, todo ello con moscas para simbolizar la fugacidad del tiempo y la decadencia. Machado, que quizás nunca vivió cerca de una cuadra, les dedicó un poema entrañable: «Vosotras, las familiares, / inevitables golosas, / vosotras, moscas vulgares, / me evocáis todas las cosas». Dalí las incorporó a su pintura como símbolo de descomposición y muerte, quizás influenciado por la leyenda de San Narciso de las Moscas, patrón de Gerona, un santo de cuyo cuerpo profanado salieron miles de moscas que picaron a los invasores franceses y sus monturas, muriendo todos. Fue en 1285, en la llamada Cruzada contra la Corona de Aragón. Es sabido que Dalí tenía gran avidez por el dinero —André Breton le llamó “Avida Dollars”, anagrama de Salvador Dalí—, pero decía que lo que realmente le hacía feliz no era el dinero sino las moscas; se ponía azúcar de dátil en los bigotes para atraerlas. “Las adoro, solo soy feliz al sol, desnudo y cubierto de moscas” decía. Pero al genio de Cadaqués no hay que tomárselo en serio, sus frases son tan surrealistas como su pintura. Mosqueante.

Zacarías Cerezo.

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