EL FICUS DE SANTO DOMINGO

MESA CAMILLA. Por Paco López Mengual.

El ficus de Santo Domingo en la actualidad.

Para mí, uno de los símbolos de la ciudad de Murcia es el árbol de la plaza de Santo Domingo, un gigante de hojas verdes y madera, al que mantenemos enjaulado en una pérgola, porque a pesar de su aspecto inocente ya cuenta con tres muertos en su historial. El King-Kong de los árboles del Mediterráneo. Un imponente ficus plantado hace 128 años por Ricardo Codorniu, a partir de un esqueje traído del Este de Australia. A veces, mientras lo contemplo, pienso que se trata de las raíces de un gigante que crece en nuestras antípodas y que atraviesan el globo terráqueo para emerger aquí y recordarnos que la tierra es redonda.

Debe ser el ser vivo más longevo de los que habitan en la ciudad; un árbol centenario que, a pesar de ser sometido a continuas podas, alcanza los treinta metros de altura, y luce un imponente diámetro que prosigue aumentando cinco centímetros cada año. Desde su privilegiada posición, este gigante vegetal ha visto pasar la vida y conocido el siglo XIX, el XX y el XXI, varios reyes, repúblicas y dictaduras; hasta oculta bajo sus raíces los restos de un refugio antiaéreo de hormigón construido durante la Guerra Civil.

Se oyó decir que el gigante, indignado por la reforma sufrida en la plaza, había vuelto a matar a modo de protesta

Ahora, tras la crisis sufrida hace unos años, presenta un aspecto manso y sereno; pero no debemos olvidar que, desde que fuera plantado en 1893, el ficus lleva tres muertos en su historial. El primero, allá por los años 30, cuando una de sus ramas se desprendió, aplastando a un niño que jugaba a sus pies. Volvió a desencadenar la tragedia una mañana de 1947, cuando tras escucharse un estridente crujido otro de sus brazos alcanzó mortalmente a un empleado municipal que realizaba labores de limpieza en la plaza. La última de sus víctimas –por el momento-, fue un director de banca de 56 años, llamado Juan Manuel. El infortunio ocurrió el 31 de mayo del año 2000, unos meses después de que el alcalde de turno inaugurara la remodelación del entorno de Santo Domingo, cuando fue dotado de su aspecto actual. En aquellos días, se oyó decir que el gigante, indignado por la reforma sufrida en la plaza, había vuelto a matar a modo de protesta. Fue entonces cuando se tomó la decisión de castigarle y enjaularlo, como a King-Kong en la mítica película, para evitar nuevas víctimas.

Pero no tardó mucho en que el gigante rompiese los barrotes de su celda y volviera a sembrar el pánico. Fue el 16 de junio de 2017 cuando un gran estruendo estremeció a los viandantes que paseaban por la plaza y calles adyacentes. Una de las grandes ramas de la copa del árbol se desgajó del tronco, arrastrando en su caída los enormes brazos que iba encontrando a su paso. Al producirse el derrumbamiento a ritmo lento, ralentizado por el efecto dominó, la gente pudo escapar y resultó un milagro el que solo se contabilizaran dos heridos leves. En mitad del dantesco espectáculo, con setenta y dos toneladas de ramas y hojas cubriendo buena parte de la plaza, llamó la atención que la escultura de Ricardo Codorniu, su mentor, que desde hace casi cien años vela por él a su lado, permaneciese indemne, sin sufrir un solo rasguño, asomando la cabeza entre la maraña.

Así que los murcianos mantenemos una extraña relación con este gigantón que se mantiene más vivo y dinámico que nunca; y cuando atravesamos la plaza de Santo Domingo lo miramos de reojo, sin perderle del todo de vista, como seguro que también nos mira él.

Paco López Mengual.

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