EL BELÉN DE NUESTRA VIDA

Por José Antonio Martínez-Abarca.

SANTIAGO DELGADO PUBLICA ‘SALZILLO, SU BELÉN DE ACUARELA Y VERSO’ CON ILUSTRACIONES DE ZACARÍAS CEREZO

Santiago Delgado y Zacarías Cerezo con ‘Salzillo, su Belén en acuarela y verso’.

Existe un auténtico tesoro antropológico en los belenes murcianos, los populares y los institucionales, los de tradición napolitana, con esa estética identificable, pero que nació ya de por sí muy libre (todo de esa ciudad asombrosa de la hermana Italia bulle, muta, sin alterar nunca su esencia). Belenes con sus ortodoxias bíblicas y sus entrañables singularidades. Sus aspectos solo aparentemente anacrónicos, que los hacen aún más valiosos. En pocos decenios, Murcia se ha convertido en uno de los grandes epicentros del belenismo de nuestro país, rivalizando con la mismísima Cataluña, donde ya existía desde antiguo, y hasta hoy día, una respetadísima tradición a este respecto. Hoy los belenes de esta tierra son conocidos y admirados internacionalmente, y expuestos hasta en el Vaticano. 

Pero como muestra y canta el libro que acaba de publicar Santiago Delgado, escritor de conocimientos sobre absolutamente todo lo en verdad murciano que son vastísimos y «jondos» (con la jota con la que el exquisito poeta Juan Ramón Jiménez escribía las palabras de especial significado para él), antes de que los belenes murcianos adquirieran esa fama nacional e internacional existía el Belén por antonomasia, el del imaginero Francisco Salzillo. Santiago Delgado ha dedicado el libro, que es un poemario rendido, absolutamente entregado, al alma de unos objetos, unas figuras de un belén barroco, que a su vez son arquetipos de la imaginación (de ahí su valor, aparte el artístico) y que moran en lo más profundo de la psique del pueblo murciano. Los versos se acompañan de unas hipnóticas ilustraciones a la acuarela, de Zacarías Cerezo, las cuales comparten con los versos de Santiago ese aroma a idealizada duermevela navideña de un crío murciano (Santiago Delgado alude a esas imágenes de su infancia en las páginas previas del libro). Ese inequívoco ambiente, a propósito suspendido en el aire, de leña de olivo y aceite de piel de naranja que detectarán inmediatamente quienes lo experimentaron en su propia infancia, en las fechas en las que se ponen los belenes.

A través del Belén de Salzillo y sus figuras, se entra, más allá de lo material, en tenues resplandores, en la imaginación más escondida

Versos y acuarelas sobre las figuras del belén salzillesco y, por tanto, murciano que se basan en la antiquísima tradición de la Iglesia tanto como son a la vez muy anteriores y muy posteriores. Que diríase que siempre han estado ahí. Un Belén primordial, el de Salzillo, puede decirse, que dio forma no ya a una tradición belenística en nuestra tierra, sino a algo más importante: al propio material del que están hechos los sueños en nuestra tierra, cuando a alguien se le aparece, por alguna asociación mental inadvertida, la memoria de las pequeñas cosas de su infancia aquí. Esa cualidad ensoñada, en esta obra de amor de Santiago Delgado, se ve muy bien tanto en los poemas, de esa suave y agradabilísima melancolía con la que está fabricada la ilusión de los niños, como en las acuarelas, que parecen, de propósito, como terminadas con glaseado de azúcar y al mismo tiempo completamente reales, sin cursilería alguna, perfectamente identificadas con el tono y el fondo de los poemas, solo en apariencia naifs y que reverberan como coplas. Por ejemplo, los versos dedicados a la figura de la pavera, que da de comer a los pavos y va a adorar al Dios nacido:

«Cuando vuelvas, sin frío

serán las tornas.

Llama en el corazón

tu pecho adorna, 

luego de haber dejado

la pava sola.

Tu soledad de siempre, ya no la notas».

Por alguna extraña razón he pensado, al leer cosas como esta, en (lo cité al principio) las laboriosas y luminosas sencilleces de Juan Ramón Jiménez y en aquel otro poeta exquisito, esta vez murciano, que tenía en persona algo de angélico, que parecía transparentarse, no solo en su obra, Salvador Jiménez, el Salvador Jiménez de uno de los libros más importantes que se han escrito en homenaje a nuestra alma colectiva como tierra, Papel de leja. Versos como estos sobre la figura de la pavera pueden encontrarse por todas partes en este libro. Así, a través del Belén de Salzillo y sus figuras, se entra, más allá de lo material, en tenues resplandores, en la imaginación más escondida, en impresiones fugaces que no sabíamos que seguían ahí, en «aquellas perdidas músicas» de las que hablaba César González Ruano… Es imposible no conmoverse.   

Si el mismísimo San Francisco de Asís hoy hubiese paseado, como solía hacer hace muchos siglos por la verde campiña italiana del Lazio, por la huerta o los campos murcianos, hubiese tenido sin duda una súbita revelación. Una iluminación similar a la que el llamado «Santo de los pobres y los animales», el «Poverello», tuvo en un pueblito que estaba a medio camino entre Asís y Roma. Fue en aquel pueblito, en una cueva, donde, en Nochebuena y según los hechos que han trascendido como históricos, San Francisco quiso celebrar el nacimiento de Cristo, la natividad de Cristo, es decir, la Navidad, escenificando ante sus pobres, ante los vecinos, ante todos aquellos a los que el Santo enseñaba el amor de Dios, la primera noche de Cristo en la Tierra, con el pesebre y los animales reales. No fue el primer Belén de la Historia, ya que los había en las catacumbas. Pero sí fue el Belén cuya iconografía más reconocible ha trascendido popularmente y que se sigue escenificando hoy en día en todo el mundo. Hasta tal punto que un poderoso noble que asistía conmovido a aquella representación del Belén por parte de San Francisco de Asís aseguró haber visto a un bellísimo niño recién nacido en los brazos del Santo, un niño que en realidad no estuvo allí, aquella noche, en carne mortal. De eso hace ya ocho siglos, pero lo esencial del Belén ha permanecido inalterable a través de las épocas. Del mismo modo que aquel niño Jesús que creyó ver aquel noble, en los distintos belenes se han incorporado o se han ausentado figuras aquí y allá, pero siempre parece que las que no están se encuentran subsumidas en otras, como ocurre con el Belén de Salzillo, que es también el Belén de Santiago Delgado y Zacarías Cerezo, un canto a los arquetipos inmortales; y, en concreto, a los que tenemos interiorizados en esta tierra murciana. 

Si San Francisco hubiese parado en Murcia en Navidad, hubiese tenido una revelación. Hubiese tenido una idea del que se ha venido llamando «portal de Belén» que sería, como he dicho antes, indistinguible del propio paisaje de esta localidad, de ese particular espíritu belenístico que baña profundamente sin lugar a dudas este lugar desde la noche de los tiempos. Aquí hasta el resplandor de las estrellas, en estas fechas, parece dos mil años más joven. Murcia mira hacia una tierra oriental, al otro extremo del Mediterráneo, que a su vez nos contempla a los murcianos. En los belenes populares de Murcia, más sencillos o más elaborados, más o menos cercanos al de Salzillo, todos con el valor de que hablan sin palabras, en voz baja, a nuestras almas, se dan cita los valores que revolucionaron el planeta. Valores que perduran hasta este minuto en que hablo. Con aquel niño en el pesebre nacía el germen de la predicación posterior por todo el mundo de las cosas más preciadas en nuestra sociedad. La solidaridad, la igualdad entre humanos, la libre voluntad, la individualidad. O la tolerancia, que parece un valor moderno pero en realidad es antiquísimo.

Todo eso está presente en los belenes que se representan en cada casa, en cada lugar. Todas las figuras más típicas del Belén tienen un significado moral, una clave oculta que hemos heredado sin saberlo desde la noche de los tiempos, y por eso los niños, instintivamente, sin que nadie se lo haya enseñado, saben el lugar que ocupa cada una de ellas. Como lo hemos vuelto a comprobar, los niños que llevamos dentro, al leer el libro de Santiago Delgado tan bien acompañado de las acuarelas de Zacarías Cerezo. Y es que los niños aún conservan aquel «sentido de la maravilla» que tenían, según los historiadores, los hombres antiguos, y que la sociedad moderna ha perdido, por desgracia. 

José Antonio Martinez-Abarca.

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