Cartas desde Tombuctú, por Antonio Vicente Frey

En la anterior carta hablé de un encuentro casual con un pelotón de ingenieros del ejército polaco en pleno desierto sahariano; un encuentro que se prolongó varios días en su base de operaciones de la localidad de Auserd, en el Tiris, en un ambiente de esa mutua simpatía que nace de las personas que pululamos por esa parte del mundo.
Desde 1991 hay una misión llamada MINURSO (Misión de las Naciones Unidas para el referéndum en el Sahara Occidental) que tiene entre su mandato observar el alto al fuego entre el Frente Polisario y Marruecos y reducir la amenaza de municiones sin explotar y minas. En los años que está activa la misión, han participado muchos países con pequeños destacamentos. En mi labor me he topado con alemanes, bangladesíes, suizos y polacos; todos excelentes militares profesionales, entregados a labores como, por ejemplo, al desminado, realmente muy peligrosas. Extraoficialmente, a veces establecen contactos para las más diversas situaciones, siendo la más común hacer regresar a perdidos rebaños de dromedarios que no saben volver a su lugar de origen. El dromedario es sagrado en el desierto, y su propiedad una cuestión que trasciende tronos y potestades.
En una de mis escapadas entre Mauritania y el territorio del Sahara, fui a pernoctar a la pequeña localidad de Auserd, situada en medio del Tiris. Auserd en sí misma no es gran cosa: alrededor de un antiguo pozo, un centenar de casas rodean un antiguo acuartelamiento español; hay una mezquita y un zoco abierto para que los beduinos comercien productos traídos a la antigua usanza. El conjunto está situado entre varias colinas negras que le dan protección contra vientos y tormentas de arena. A unos dos mil metros en dirección SO se está levantando sin prisa una barriada más moderna. Frente a esa expansión se sitúa el acuartelamiento de la ONU.
La noche que llegué, ya instalado, repetí una rutina que se hace habitual allí: ir a la cantina de la MINURSO, donde sabía que encontraría unas cervezas fresquitas que me hicieran descansar del sempiterno té y leche de camella. Allí estaban ellos: un grupo de polacos del Wojska Lądowe Rzeczypospolitej Polskiej, como se hacen llamar en su idioma. Al llegar todos se retiraban, quedando una capitana y un teniente que repasaban algo en un ordenador portátil. Dado que era el único occidental de allí, además del barman, ambos me observaron intrigados, preguntándose quién sería. Invitándolos a unas cervezas resolvimos dudas, charlando en un inglés muy peculiar sobre su peligroso trabajo y mis aventuras buscando tumbas de santones sufíes entre las arenas del desierto.
Al día siguiente repetimos la operación, aunque con la afortunada ausencia del teniente. Entonces, ya establecida una simpática complicidad, la capitana se hacía escoltar por una botella de un riquísimo vodka polaco; el mejor aliado para derrotar al terrible frío nocturno del Sahara novembrino. Nada hay como regar una conversación para desatar lenguas, cuando, lejos de tus raíces, las extrañas coincidencias de la vida te invitan a conocer a excepcionales extraños.
Qué más añadir… Jamás olvidaré esas simpáticas noches de cerveza y vodka, entre risas, confidencias y emocionadas lágrimas, y las escapadas para ver el amanecer desde lo alto de los macizos del Tiris. Jamás olvidaré a esa hermosa rosa del desierto que decidió habitar por siempre en un rincón de mi corazón. Jamás olvidaré los inmensos ojos azules como el cielo y los briosos y rubios cabellos color de arena de la capitana Anna Mażec.

