DAVID O DAVID

PINCELADAS. Por Zacarías Cerezo.
En materia de arte conviene de vez en cuando revisar lo aprendido, sobre todo aquellos criterios discutibles que la sociedad ha establecido a lo largo de siglos y de los que, sin danos cuenta, estamos contaminados.

Por lo que a mí respecta, hace muchos años que opino que La Gioconda no es el mejor retrato de la historia, ni siquiera el mejor retrato de Leonardo; y el David de Miguel Ángel tampoco me parece la mejor escultura, ni siquiera el mejor David de los cuatro más famosos que se han hecho.

Dios me libre de hacer juicios negativos de ninguno de los genios del arte, pobre de mí: en general, me incomoda hacerlos de cualquier artista. No obstante, me permito decir que, entre el David de Miguel Ángel y el de Gian Lorenzo Bernini, prefiero, con diferencia, el último.

Y no lo digo porque el de Miguel Ángel sea cabezón y, además, tenga las manos desproporcionadas, que así lo quiso el autor, y sus motivos tendría. Es porque su porte (5,17 metros de altura y 5,5 toneladas) me hace difícil conectar con él: su bellísimo rostro queda a 7 metros del suelo. Además, el futuro rey de Israel se presenta tan seguro de su victoria sobre el gigante Goliat (¿cuánto mediría este si lo hubiera tallado Buonarotti?), que me parece que habita en el Olimpo, no es humano. Está posando, orgulloso de su cuerpo, pero sólo es interesante de frente.

Bernini, sin embargo, nos muestra un David de 1,70 metros, de escala humana y en plena acción. No es un hombre que piensa que va actuar, es un hombre que actúa; un hombre que despliega su furia y se rebela contra el tirano, representando a cualquier persona que lucha por su libertad y su vida. Todo su cuerpo torsionado participa de la tensión, y su rostro es la expresión certera de la determinación y de la voluntad de victoria. Este David es interesante desde cualquier lado que se le mire; es más, te invita a rodearlo y te hace partícipe de su acción: tanto te identificas con él, que acabas mordiéndote el labio inferior y tensionando los brazos para lanzar la honda con su piedra mortífera, como hace él.

El David de Miguel Angel, que lo talló con 26 años, está en la Academia de Florencia, y el de Bernini se exhibe en la Galería Borghese de Roma y lo hizo con 22 años.


zacariascerezo@gmail.com

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