Contra casi todo, por José Antonio Martínez Abarca

Los jóvenes de ahora son bastante más altos que los de mi generación no porque coman mejor, sino, estoy convencido, porque comen peor. Todos los países donde se come mucho y mal tienen gente más alta y guapa que los que comen poco y sano (un ejemplo extremo de esto segundo sería Japón, donde además de pequeños son escurridos, y antiguamente España). Sé que esta opinión es impopular y no merece ningún crédito, como me ocurre con todo lo que digo, hasta cuando doy la hora por la calle. «¿Me dice que hora es?», «las doce y cinco», «¿las doce y cinco? qué tontería». Me da igual, yo he venido aquí a hablar de lo que veo, no de lo que otros quieran que vea. Los jóvenes de ahora son más altos y más guapos que los de antes, como digo, porque hace ya mucho que se dedicaron a comer cosas hipercalóricas, churretosas, de influencia norteamericana, y abandonaron la llamada «dieta mediterránea», que básicamente consistía en comer en casa entre poco y nada de cosas naturales, limpias y sanas, admirables. Ese tipo de cosas que no apetecen nunca cuando aún no eres adulto. Los de mi generación nos quedamos algo bajitos porque, aparte de comer poquísimo, era todo sanísimo.
Los estudios dicen que ahora se va mucho más al gimnasio y se bebe mucha menos cerveza, pero esa no es la razón de que la gente hoy parezca —que no es lo mismo que sea— más sana y digamos más espumada que la de antes, que iba menos al gimnasio y bebía mucho más. La razón de que los jóvenes de hoy sean bigardos como torres y hasta parezcan más rubios, aunque no tengan casi defensas en el cuerpo, está en que de comer mil o a lo sumo mil quinientas calorías al día como hacíamos los niños de hace medio siglo pasaron a comer cinco mil al día, normalmente de procesados industriales, algo que, de tanta química acumulada, da un falso aspecto lustroso también físicamente, como se lo da a las frutas enceradas y «perfectas».
En otras palabras: cuando la gente no se cuidaba, se cuidaba por la alimentación, sin saberlo, porque no había para comer otra cosa. Y ahora que hay para comer de todo, la mayoría elige lo peor que haya. Que tampoco es lo más barato (otro día hablaré del McDonalds como restaurante caro). Cuando se es joven, lo normal —lo normal— es tener el metabolismo acelerado y una centrifugadora en la barriga, y con cinco mil calorías al día, a base de meterle al cuerpo, se crece y se espuma más que con mil calorías, y se quema lo demás sin muchas consecuencias. El problema viene después. Con el tiempo el metabolismo se ralentiza, la centrifugadora se para y los ultraprocesados churretosos mantenidos durante muchos años, al igual que tomar el sol durante muchos años, se pagan en el cuerpo. Es verdad que ahora también hay más gordos infantiles y juveniles que antes, pero a cambio también hay mucha menos gente desmedradilla y rodreja, que es lo que daba el comer nada más que el llamado «plato de comida» a mediodía y otro para cenar.
Ensaladas, guisos de legumbres, pescado, arroz y pollo sólo los domingos, lo de antes, en definitiva… Con todo eso durante 20 años seguidos, los primeros 20 años de la vida, hacemos un chico veinte centímetros más bajo que la media de Holanda, donde como todo el mundo sabe no tienen cocina alguna y sólo se nutren de porquerías. En cambio, los jóvenes norteamericanos eran de los más altos del planeta en la era atómica, cuando hasta los bocadillos eran fosforescentes. Hoy son más pequeñitos. Porque hay demasiada gente que ha empezado a comer sano.

