Bahía Arguin y la Isla Tidra

Cartas desde Tombuctú, por Antonio V. Frey

Vista atlántica de la isla de Arguin

Como ya se acercan los calores estivales y el cuerpo empieza a pedir baños de sal, decidí dedicar estos meses a explorar y prospectar, previo permiso de las autoridades amigas de Nuakchot, el entorno de la bahía de Arguin, situada en el norte de Mauritania, muy cerca de la frontera de nuestra antigua provincia del Sahara, y donde estoy pudiendo remojar mis pies tras jornadas de ir de aquí a allá.

Cuando empecé, iba con un objetivo específico; un lugar tan remoto como fascinante: la isla de Arguin, embozada dentro de la bahía del mismo nombre. Apenas es una pequeña porción de tierra en medio de un inmenso y precioso laberinto de bancos de arena, islotes y aguas someras que forman el Banco de Arguin; uno de los humedales más importantes del planeta, reconocido como Patrimonio de la Humanidad. En este rincón donde África parece asomarse al océano con cautela, millones de aves migratorias encuentran cada año refugio durante sus viajes entre Europa y el continente africano. Allí viven también los imraguen, una misérrima comunidad de pescadores que conserva técnicas ancestrales adaptadas a ese entorno tan bello como frágil.

Como ocurre con toda la costa sahariana, Arguin es como una frontera entre dos mundos. Allí el Sahara se desvanece en la espuma del Atlántico, y el viento y las mareas modelan sin descanso una costa siempre cambiante. La luz transforma el paisaje a cada hora, mientras el horizonte se pierde entre arena, sal y silencio. Quien contempla estas aguas cree ver únicamente naturaleza, pero bajo ellas descansan siglos de historia. Y digo siglos, porque algunos historiadores han sugerido que en Arguin pudo encontrarse una decisiva rábita, hace casi mil años, la de Abd Allah b. Yasin, el predicador que dio origen al poderoso movimiento almorávide en el siglo XI. Aquel monasterio-fortaleza habría servido para formar a los primeros seguidores de aquella épica religiosa que acabó dominando gran parte del Magreb occidental y de al-Andalus, en la época del Cid. Dado que las investigaciones actuales son prudentes, y reconocen que no existen pruebas concluyentes para identificar Arguin como el lugar exacto de aquella rábita, mi labor está consistiendo en intentar hallar pruebas materiales —restos arqueológicos— que resuelvan ese misterio, lo que, en rigor, está siendo una tarea compleja, pues la hermosa isla fue objeto de continuados asentamientos en los siguientes siglos que fueron borrando a sus antecesores. Así, hacia 1443, los portugueses establecieron allí, en un montículo de su costa oriental, una de las primeras factorías europeas permanentes de la costa sahariana, de la que se pueden apreciar sus restos. En esos tiempos, desde la isla de Arguin se organizó el comercio del oro procedente del África subsahariana y, posteriormente, el tráfico de esclavos hacia las islas atlánticas y América. Portugueses, españoles, neerlandeses, franceses y otros poderes europeos se disputaron después este enclave estratégico, a pesar de las duras condiciones de vida debidas a la aridez extrema. Finalmente, los franceses, en 1728, destruyeron el fuerte de época portuguesa y trasladaron la factoría a Saint Louis, en Senegal. De su paso, el arte guarda memoria: en 1816, frente a sus peligrosos bancos de arena, naufragó la fragata francesa Méduse, cuya tragedia inspiró la célebre pintura del gran Théodore Géricault: La balsa de la Medusa.

Quizá por eso la bahía e isla de Arguin resultan tan evocadoras. Nada impresiona más que la sensación de estar en un confín del Mundo donde se cruzan la naturaleza, la historia y la memoria. No es sólo una isla, sino un espacio donde naturaleza e historia parecen entrelazarse, como si el viento del desierto siguiera susurrando relatos de imperios, navegantes y horizontes perdidos. No puedes imaginarte lo afortunado que soy.

Antonio V. Frey Sánchez

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