Ángeles caídos

Cicuta con almíbar. Por Ana María Tomás.

El que haya una serie de “criaturitas” que se dediquen a hacer la puñeta a otros no es nada nuevo. Ya en tiempos de Jesús, una de las veces que estaba reunido con sus apóstoles y estos no dejaban que se acercaran los niños (porque se dedicaban a la entretenida tarea de tirar piedrecitas sobre el grupo), cuentan los evangelios apócrifos que Jesús no sólo dijo: “dejad que los niños se acerquen a mí”, sino que añadió: “porque como pille a alguno no lo va a reconocer ni la madre que lo parió”.

Los niños siempre fueron ángeles, es verdad, aunque algunos caídos. Y esos se dedican a organizarse en bandas y a atacar a otros pobres niños que se comen un marrón tras otro, sin atreverse a exponer su problema a padres o profesores, porque viven con la irracional idea, con el terrible temor de que, si alguien se entera de sus penurias, sus agresores les harán picadillo.

Es preciso mucho trabajo pedagógico en las aulas

La coacción, el chantaje y la intimidación no son nada nuevo y casi siempre mejora con los años. Niños en pandilla atemorizan, roban y calientan (y no con mantas eléctricas) a otros niños en los colegios y en las calles. Comienzan por quitarles el bocadillo, las golosinas, los estuches, la calderilla que pueden llevar encima… y terminan colocándoles una navaja en el cuello para que vayan a sus casas a traerles dinero.

Los psicólogos insisten en que el castigo y la expulsión de los maltratadores no sólo no soluciona nada, sino que hace que las víctimas se sientan más temerosas a la vuelta de sus agresores. Es preciso muchísimo trabajo pedagógico en las aulas. Pero, ¿qué pasa cuando esos provocadores pendencieros no sólo no asisten a ese centro sino a ningún otro?, ¿cuando son hijos de familias totalmente desestructuradas, desintegradas o marginales de la sociedad?

Evidentemente, un niño no hace el mal porque sí, sino llevado por la imitación, el resentimiento o el maltrato. Pero es que los otros críos no tienen la culpa de que exista una sociedad con tanta desigualdad. Lo único que entienden es que están aterrados y que son capaces de hacer lo que les pidan los bravucones.

Lo único que entienden es que están aterrados y que son capaces de hacer lo que les pidan los bravucones

Una madre me contaba que, al regresar inesperadamente a casa por sentirse enferma, se había encontrado con su hijo, un niño de once años, descalzo y buscando como loco dinero en el lugar donde su madre solía esconderlo, para entregárselo a la pandilla de maleantes que le esperaban con su mochila y sus zapatos a la puerta del colegio. Y, ¿qué hacemos? La madre lo denunció y durante algunos días la policía paseó por los alrededores del centro, no sin antes explicarle que eran menores, sin fichar, que si la ley…

Pero hay muchos centros escolares, muchos más gamberros de los que imaginamos, infinitamente más víctimas de las que suponemos, y muy pocos medios para combatirlos. Y, digo yo, que no esperaremos a que tengan que morir un montón de niños (ya lo están haciendo) para empezar a buscar soluciones.

Porque, aunque el Reino de los Cielos sea de los niños, tampoco es cuestión de que unos cuantos envíen a otros allí antes de tiempo.

Ana María Tomás. @anamto22

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