Al murciano le gusta Murcia

Contra casi todo, por J. Antonio Martínez-Abarca

El otro día sufrí una de las grandes revelaciones de mi vida. Las grandes revelaciones de la vida no son nunca complicadas, siempre habían estado ahí, a la vista, evidentes y simples como el mecanismo de un chupete. Por eso no caemos en ellas hasta que ya somos bien talluditos. 

Uno, cuando es joven y gafapasta (sospecho que inventé el gafapastismo de provincias, de vuelo bajo, cuando ni se sabía qué era eso), se pirra por el arte y ensayo, porque ha oído en alguna parte que eso hace inteligente; uno busca abstrusas explicaciones para todo, porque si no son abstrusas y rebuscadamente profundas parece que son de tontos. El cerebro a esas edades está en su máxima potencia y tiene que desfogarse en todas las direcciones. En cambio, cuando uno es gallo de espolones ya bien duros, se conforma con lo más sencillo. Por poner un ejemplo de sencillez, mi único proyecto serio en la vida es llegar a la próxima cerveza. Pienso que es una misión o un plan de futuro bastante realista, salvo imponderables. Bien, digo que el otro día sufrí una de las grandes revelaciones de mi vida: la inmensa sorpresa de saber que a los murcianos y a los que viven aquí les encanta Murcia. Nunca hubiese podido pensarlo, y lo digo sin ironía alguna.

Yo, hasta el otro día, creía vagamente que estaba en Murcia quien no podía estar en otro sitio. Pensaba que los murcianos sobrellevaban como podían la obligación de vivir en Murcia. Que los murcianos se contaban a sí mismos historietas de una arcadia idílica con aroma a zarzuela barata sólo para no caer en un bajonazo anímico y entregarse así a una oscura melancolía. No se me pasó por la cabeza que nadie viviese aquí sin tener la obligación. Basta poner una cosa demasiado cerca como para no verla, según dicen los escritores de novelas de detectives. Y yo durante toda mi vida no he visto, por estar demasiado a la vista, algo tan fácil de concluir como que los murcianos, como los habitantes de cualquier otro lugar, viven en Murcia porque les encanta, al menos a la abrumadora mayoría. Como digo, jamás lo hubiese pensado. 

Yo, hasta el otro día, creía vagamente que estaba en Murcia quien no podía estar en otro sitio. 

Mi concepto del murciano era el de un ser sufridor, desengañado, resignado, colmado de «cansera» achicharrada por la luz («pa qué quiés que vaya», recitaba Vicente Medina con su voz, en un disco que obra en mi poder). Una cansera que no significa cansancio, sino fatalismo. Un señor que sólo vivía en Murcia porque no estaba seguro de que en otro sitio fuese sustancialmente distinta la cosa. Me influyeron, sí, las conversaciones con intelectuales murcianos de la diáspora, o sea, los que se habían largado corriendo a otro lugar. Pues no. Qué equivocado estaba. He descubierto el Mediterráneo y me ha deslumbrado el saber de repente (¡qué escándalo, en este bar se fuma!) que el murciano básicamente se encuentra encantado de estar en Murcia. 

– ¿Has «visto» el fresco que se ha metido? ¡estoy destemplado!

Cuando dicen eso es que el termómetro ha descendido hasta los 25 grados. Este tipo de señales debieron darme que pensar que, efectivamente, estamos ante un tipo muy singular de ser humano, completamente adaptado al medio, igual que hay ranas que viven sin una gota de agua en toda su existencia. Cuando se desciende a los 25 grados, el murciano se destempla porque siente que hace frío; y cuando se sube a los 45, se entona y aprovecha para ponerse al sol. No se puede explicar por qué esto es así, pero es así. Si trasladas al murciano a lugares más templados o lluviosos, de repente empieza a hablar con la «ese» y se metamorfosea en otra especie, ni mejor ni peor, simplemente antitética, se convierte en catalán o vaya usted a saber…

José Antonio Martinez-Abarca.

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