Un ilustre viajero en el Casino: Hans Christian Andersen

Rebuscos del Casino, por Loreto López

Panorámica de Murcia tomada por Charles Clifford, 1862. Biblioteca Nacional.

Hoy en día sería extraordinariamente raro encontrar a alguien que no conozca al poeta y escritor danés Hans Christian Andersen (Odense, 2 de abril de 1805-Copenhague, 4 de agosto de 1875). ¿Quién no ha leído en su infancia los populares cuentos de “El soldadito de plomo”, “La sirenita” o “El patito feo”? Si bien mi favorito es “El traje nuevo del emperador”, espléndido en su enseñanza moral.

Pero, a lo que vamos: en los calurosos días de finales de septiembre de 1862, cuando Andersen llegó a nuestra ciudad, es más que probable que ninguno de nuestros paisanos hubiera oído hablar de él y hasta puede que ninguno de sus archiconocidos cuentos hubiera sido traducido al español.

Fotografía tomada por Bordeaux Barberon, en 1863, de Andersen y Collin.

Pues sí, Andersen y su joven acompañante, Edvard Collin, llegaron a Murcia por un tortuoso camino, según sus propias palabras, desde Alicante; haciendo parada en Elche y Orihuela. Nuestra ciudad era un objetivo importante para el escritor, movido por ese extraño hechizo romántico decimonónico, ya que en ella esperaba encontrar una exótica y abundante población de gitanos. Y la encontró, aunque quizás no como él la había imaginado, y describió su experiencia en el capítulo VI de su libro Un viaje por España.

No vamos a recrearnos en ese aspecto de su narración, ni en cómo le sedujo el sonido de las castañuelas que sonaban a su paso, durante su deambular por el barrio de San Antolín, donde por entonces se concentraba la mayor parte de la población gitana. 

Se habían alojado en la fonda de don Juan de la Cruz, en la plaza de San Leandro, «justamente detrás de la magnífica Catedral”, desde cuyo balcón dijo poder escuchar la música del órgano y los cánticos gregorianos, además de ser testigo del fastuoso entierro de una joven. Alabará la buena cocina “a la española” de su hospedería, con un abundante festín de “pavo y codornices asadas, exquisitas frutas y buen vino”, asombrado de lo económico del coste por el alojamiento y la comida, tan solo dieciséis reales diarios.

Paseará por la ciudad, a través de la Glorieta se acercará al río, por entonces muy seco, pero con un remanso de agua cristalina donde se refrescaba la población, y cruzando el puente, por la plaza de Camachos, recorrerá la bulliciosa Alameda. 

Su descripción de la Catedral es, cuando menos, singular. Si bien la califica de magnífica, no le resulta para nada atractiva su “gigantesca” y “sobrecargada” fachada principal, buscando en ella reminiscencias “turcas” que, al parecer, confunde con el estilo gótico.

Y, en ese ir y venir por calles y plazas, buscando un poco de refugio para el calor, se adentra en un local, que no es otro que nuestro Casino.

No muy lejos de la iglesia se alzaba un edificio que confundimos con un café, decorado con la elegancia que habíamos visto en Barcelona. Aquí había pasillos amplios; pilares de piedra sostenían el techo; un toldo en forma de U se extendía sobre el jardín, donde, entre parterres y fuentes, habían colocado sillas y mesas pequeñas, sobre las que reposaban libros y periódicos.

Collin y yo entramos y pedimos algo de beber. El camarero sonrió y dijo que estábamos en un club, el Casino de la ciudad; pero añadió que podíamos quedarnos allí, leer los periódicos y entretenernos: éramos extranjeros, y eso era suficiente, solo tenía que informar primero a uno de los directores; e inmediatamente recibimos el permiso solicitado, con la cortesía española, sin siquiera preguntarnos nuestros nombres, solo el país de donde veníamos.

Aquí había sombra, pero no había aire; el calor lo dominaba todo. Durante esa parte del día en que el sol es más potente, la gente debería guardar silencio y no correr de un lado a otro…

Primera fachada del Casino de Murcia. Archivo Fotográfico del Real Casino de Murcia.

El por entonces “director”, don Antonio Gómez Carrasco, perdió la oportunidad de conocer al escritor universal, enfrascado como estaría en los preparativos de la visita de Isabel II, apenas unos días más tarde.

Aquel incipiente Casino, que tan grato resultó al visitante, sería, sin duda, el que unos 10 años antes había diseñado el arquitecto Bolarín. Levantado sobre los solares adquiridos a la marquesa de Villaleal, cuyo único acceso, por la actual calle Pedro Cerdán, desembocaba en el llamado “jardín”, posiblemente el actual Patio Azul. 

Allí, hace ahora 164 años, Hans Christian Andersen encontró unos instantes de reconfortante tranquilidad.

Loreto López. Historiadora y restauradora.

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