Pinceladas, por Zacarías Cerezo

Epicuro dijo: “El estado natural del hombre es la apacible alegría”. Pero las expresiones de alegría no siempre han estado bien vistas, y mucho menos si son exageradas. Juan Crisóstomo, patriarca de Constantinopla (354-407), afirmó que Cristo nunca había reído y aquello creó tendencia —como se dice ahora— durante la Edad Media. En la novela El nombre de la rosa, de Umberto Eco, se alude a ello: “Si la risa es la distracción de la plebe, la licencia de la plebe debe ser refrenada, humillada y atemorizada mediante la severidad”. El hombre ha venido a este “valle de lágrimas” a sufrir y purgar pecados propios y ajenos (pecado original). La gente era feliz o infeliz, como en todos los tiempos, pero mientras el sufrimiento se consideraba un mérito para la otra vida, la alegría generaba recelo.
Juan Crisóstomo, patriarca de Constantinopla (354-407), afirmó que Cristo nunca había reído y aquello creó tendencia
Dicho prejuicio empezó a cambiar con la llegada de la Ilustración en el siglo XVIII, con filósofos como Voltaire y Rousseau, que reivindican el derecho del ser humano a la felicidad, aquí, en esta vida. Tan es así que la Declaración de Independencia de Estados Unidos (1776) incluye como derecho humano la búsqueda de la felicidad y, después, la Declaración de los Derechos del Hombre francesa proclamó que “el fin de la sociedad es la felicidad común”.
El grupo escultórico La danza (1869) que Jean-Baptiste Carpeaux hizo para la fachada de la Ópera de París y que ahora se puede ver en el Museo de Orsay, es un ejemplo de esa visión disfrutona de los nuevos tiempos. La obra, dejando atrás las representaciones grandilocuentes y solemnes, nos muestra cuerpos que parecen verdaderos, en actitud dinámica y expresiones desbordadas de alegría y felicidad. Y cuidado con la alegría, que es contagiosa.

