UN HOMBRE DE CASINO

Por José Antonio Martínez-Abarca.

Antes, en Murcia, a andar por la calle desoficiado, sin un propósito determinado y sobre todo a deshoras, siendo un desgarbado zagalón (un “manferlán”, como decía uno de mis tíos) se le decía “ir a apedrear perros”. “¿Qué vais, a apedrear perros?” Ahora puede parecer curioso, pero hace no tanto era muy normal que los adultos te considerasen sospechoso si te veían por la calle con las manos en los bolsillos o con paso dubitativo. Se consideraba que, seguro, ibas a hacer algo malo.

Lo de “apedrear perros” me parecía una expresión maravillosa que, en mi primera adolescencia, recordaba en mi mente cada vez que pasaba frente a las “peceras” del Real Casino de Murcia y sentía envidia de la gente que veía dentro. Me acordaba de esa expresión tan brutal pero tan gráfica, en definitiva tan española, porque la gente que veía dentro era todo lo contrario de aquella que se echaba a la calle porque sí, sin ton ni son, a “apedrear perros”. Dentro de las “peceras” estaba la gente –los socios del Casino– que no tenía por qué estar por la calle tirada, que estaba claro que tenían su sitio en la ciudad, en el mundo y en la vida, que sí tenían un propósito determinado, como por ejemplo tener una agradable tertulia con otros socios del Casino. Y que me miraban tras los cristales de las «peceras» con escasa curiosidad, como quien mira el mundo desde un lugar muy alejado, sensato y objetivo. En definitiva era gente que no “apedreaba perros”.

– Zagales, ¿Es que no tenéis casa? –se nos decía medio en broma, medio como recriminación a los que anduleábamos, aunque fuese poco, las calles.

Y yo en ese momento me acordaba de la gente que veía detrás de las peceras del Casino, a los que jamás se les preguntaba eso de “si no tenían casa”. Porque aquella del Casino era más casa que su propio domicilio particular. Como los clubs de caballeros del “Pall Mall” londinense era el sitio donde la gente decente hacía vida diaria. “Para cualquier cosa, estaré en mi club”. «Para cualquier cosa, estaré en el Casino«. Había, bajo mi visión de la vida de joven, dos mundos en el centro de Murcia. Los que estábamos fuera y los que estaban donde había que estar. O sea, tras las “peceras” del Casino. Como era un adolescente bastante repelente, pensaba que el fin en la vida era que no te vieran desoficiado de aquí para allá, tener un lugar como el Casino, hacerme viejo lo antes posible, como aquellos veinteañeros que se dejaban monóculo y vestían de sepulturero para parecer respetables tal y como los describe Stefan Zweig en su libro “El mundo de ayer”. Quería hacerme mayor cuanto antes para pertenecer a algún tipo de club de señores que arreglasen el mundo en conversaciones inteligentes y poder cruzar las piernas en sillones de cuero «chester». No quería ser niño para siempre.


HABÍA, BAJO MI VISIÓN DE LA VIDA DE JOVEN, DOS MUNDOS EN EL CENTRO DE MURCIA. LOS QUE ESTÁBAMOS FUERA Y LOS QUE ESTABAN DONDE HABÍA QUE ESTAR. O SEA, TRAS LAS “PECERAS” DEL CASINO


Lo más cercano a un club de caballeros que se me ocurría, aparte del «piano bar» al que iba todas las tardes por la época (sí, ya he dicho que era un chico de gustos antiguos) era el Casino de Murcia. Fue el mejor lugar para celebrar mi primera y casi última fiesta de nochevieja, cuando cumplí dieciocho años y se suponía que podían dejar la vida en tus manos. Por entonces el Casino, contra la fama de lugar de jubilados pasados de moda que algunos querían darle (en unos tiempos en que ciertamente el edificio estaba en decadencia), resultaba irresistible como sitio de celebraciones para los que acabábamos de ingresar en la mayoría de edad y nos perfumábamos con «Paco Rabanne pour homme». La sociedad era muy diferente a la actual y no se había americanizado ni mucho menos tanto. Los jóvenes no queríamos ser adolescentes eternos, sino precisamente adultos, y comportarnos como tales. Qué mejor para eso que un casino cultural y recreativo. Hoy está absolutamente desprestigiado, en la efebocracia dominante, pero entonces ser adulto tenía “chic”.

En el casino se juntaban en las nocheviejas cientos y cientos de adolescentes un tanto perjudicados por el alcohol y allí nadie hacía el niño, nadie se limpiaba en las cortinas y nadie destrozaba los salones de espejos. Ni se nos torcía la pajarita. Se puede ser adolescente pero con estilo, sin tener un guardia al lado. Aquella nochevieja de mis dieciocho equivalía a una “puesta de largo” masculina, a una entrada en sociedad por el lado de la mesura y el conservadurismo, el traje oscuro y la urbanidad, porque yo a esa edad, perdonadme, nunca fui comunista. Quien a los dieciocho es comunista a los cuarenta no recuperará su cabeza, y a los sesenta con toda probabilidad será un tipo calvo y con coleta, y con camiseta negra.


QUIEN A LOS DIECIOCHO ES COMUNISTA A LOS CUARENTA NO RECUPERARÁ SU CABEZA, Y A LOS SESENTA CON TODA PROBABILIDAD SERÁ UN TIPO CALVO Y CON COLETA


Después, la vida me llevó desgraciadamente por otro lugar y jamás pude ser socio del Casino de Murcia o cualquier otro club, ni de caballeros ni de ninguna otra clase. Nunca he llegado a ser un hombre de Casino, algo así como Rajoy, por ejemplo. Pero sigo pensando lo mismo durante cuarenta años, cada vez que paso ante las «peceras»: aquella gente respetable que veo dentro tomando despacio su café, arreglando el mundo en enriquecedoras discusiones o leyendo papeles de periódico que ya nadie lee es lo que me hubiese gustado ser, y no ir como voy, siendo un vulgar viandante sin un propósito ni un destino determinado, siempre «apedreando perros».


José Antonio Martínez-Abarca

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