Mesa camilla, por Paco López Megual

A mi pueblo, Molina de Segura, y a Alguazas los separa el cauce del río Segura. Como suele ocurrir entre tantos pueblos vecinos, desde el tiempo de los moros se han llevado mal. Durante siglos, era habitual el intercambio de pedradas e insultos entre niños desde una ribera a la otra del río.
Me cuenta mi amigo Joaquín Cantero que, en los primeros y duros años de la posguerra, pandillas de muchachos alguaceños cruzaban a nado el río hasta alcanzar la margen molinense y robar melones de los plantados en sus huertos. Los agricultores estaban desesperados de ver como desaparecían sus cosechas. Montaron guardia, colocaron cepos… pero todo resultó inútil; y es que los alguaceños tenían fama de ágiles. Fue entonces cuando a cuatro huertanos de Molina se les ocurrió hacer correr la voz de que un descomunal cocodrilo moraba por aquella zona del Segura. Lo contaron por las calles, los bares y en la plaza, a la salida de misa. Uno de ellos, Perico, hasta juró en la taberna que había visto horrorizado cómo el reptil había salido del agua y comido a su burra a bocados. La noticia se expandió rápidamente por los cuatro puntos cardinales y sembró el pánico entre los vecinos de los dos pueblos. Los novios dejaron de pasear sus amores por la ribera del río y, por supuesto, los jóvenes de Alguazas no volvieron a bañarse en sus aguas.
Meses después, los cuatro vecinos de huerta que habían creado el bulo coincidieron tomando vinos en el bar. Tres de ellos habían recogido ya su excelente cosecha de melones; pero el cuarto, Perico, el que había jurado haber visto con sus propios ojos como la bestia se había zampado a su burra, no había acudido aún a recogerlos; sus melones estaban ya tan maduros que amenazaban con pudrirse.
—Perico —le preguntó uno de los amigos—, ¿es que no vas a cosechar los melones? ¡Si no te das prisa, se te van a pudrir!
Entonces, Perico, muy serio le contestó:
—Cualquiera se acerca por ese huerto estando por allí el cocodrilo…
Y es que a veces, están tan bien fundadas que, hasta creemos nuestras propias mentiras.

