Un admirable pesimista

Contra casi todo, por J. A. Martínez-Abarca

Carlo Ancelotti. Fuente: realmadridexclusivo.com

Cuando escribo este artículo, el Real Madrid ha ganado su copa de Europa número 15, y no sé si cuando ustedes lo lean ya irá por la 16. Este artículo no va de fútbol, no teman aquellos a los que no les gusta. En realidad, tengo que aclararles que el fútbol tampoco va en absoluto de fútbol, como la Fiesta Nacional no va para nada de fiesta. No, señores.

El fútbol es el único deporte que no va de ningún modo de deporte, sino de otra cosa. Dicen que hubo una vez una especie de entretenimiento irlandés que consistía en que los habitantes de dos pueblos quedaban a campo abierto provistos todos de los típicos bastones negros de allí que terminan en una maciza bola nudosa. La cosa consistía en matarse. Ni siquiera tenía que existir una riña previa o una rivalidad. Lo hacían para expandirse. El pueblo que tuviese más muertos perdía. El premio consistía en que habías ganado. La corona inglesa prohibió aquello, no porque le interesasen los derechos humanos de los irlandeses, sino porque el índice de población bajaba mucho y no producía la cantidad de patatas que Londres esperaba. Puede que aquella cosa irlandesa fuese también un deporte que no era deporte, pero, una vez extinguido por ley (como lo están los duelos con padrinos), sólo queda el fútbol.

El fútbol es el único deporte que no va de ningún modo de deporte, sino de otra cosa.

¿Qué es el fútbol? Si consistiese en un deporte, en una pelotita saltarina que muchas personas me confiesan que ni siquiera saben dónde se encuentra, les daría la razón porque sería aburridísimo, inaguantable.

A mí me interesa el fútbol, pero sólo porque me ha enseñado mucho de la vida, que es eso que ocurre fuera de los estadios mientras la gente ve el fútbol. De las películas nunca me interesa el argumento, que es esa novelería que fabrican para consumo de los primarios, no atiendo a la baratería del argumento sino a la forma en qué están hechas esas películas. Y del fútbol me interesa todo lo que hay cuando no han empezado o cuando ya han acabado los partidos, no lo que pasa en la cancha. Por eso no veo partidos de fútbol, pero sí lo leo con avidez todo lo publicado sobre fútbol. La pelotita saltimbanqui me preocupa mucho menos. Por ejemplo, el otro día supe que el entrenador del Real Madrid, Carlo Ancelotti, se define como un pesimista de toda la vida. Esto es algo por completo interesante, que me ha llevado varias semanas analizarlo como merece.

Del fútbol me interesa todo lo que hay cuando no han empezado o cuando ya han acabado los partidos.

Un pesimista, Ancelotti, que lo único que ha hecho es ganar. Esto no es una paradoja, es la regla general: los mejores escritores estaban prácticamente incapacitados para todo porque eran depresivos profundos; los humoristas son los seres más amargos de la creación; y los ganadores suelen ser enormemente pesimistas porque conocen la naturaleza secreta del triunfo. El triunfo es sólo la ausencia de ultimísima hora del fracaso, al que se espera pero no se presenta a la cita. Se dice que el triunfo y el fracaso son «dos grandes impostores», porque no son dos, son el mismo. Eso es lo que piensa Ancelotti, que viene de familia de labriegos de la Italia pobre. Los labriegos, cuando tienen una alegría, piensan «ya lo pagaremos» y, por supuesto, tienen razón.  Eso es norma entre italianos. Benito Mussolini no la siguió. Mussolini iba de gran optimista. Los optimistas llevan a sus pueblos a los más grandes desastres.

En España estamos gobernados por enormes optimistas y así nos va. Y así le va al Barcelona (sigo con el fútbol como escuela de vida), donde el rampante optimismo, que es científicamente hablando una clase de histeria, expulsa del club a los pesimistas. Luego, cuando a esos optimistas los atrapan, creen que con poner cara de estupefacción ya todo está arreglado.

José Antonio Martinez-Abarca.

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