“SI YO SÉ NADAR”

CICUTA CON ALMIBAR. Por Ana María Tomás.

El verano suele ser un tiempo para anidar en la memoria muchos de nuestros mejores recuerdos. Pero también es un tiempo en donde queda al descubierto una de las muchas estupideces recurrentes del ser humano: meterse en las playas con banderas rojas.

 Siempre hay un listo de turno que se pasa la bandera amarilla o la roja por el forro de los cataplines. Y no solo ponen en peligro su vida, que perfectamente podrían elegir, de igual manera, hacer puenting sin cuerda, sino que ponen en riesgo la vida de la persona que está vigilando en la playa y que con todo merecimiento llamamos “salvavidas”. Sí, esos chicos a los que muchos veraneantes tildan de gandulazos que se pasan todo el día viendo “cuelpos” y cuerpazos, sentados en lo alto de su silla pendientes de que gente que no respeta el mar se adentre en él como quien lo hace en una hamburguesería. Chicos que saben que con bandera roja no están obligados a meterse para sacar a nadie, pero que su ética les impide quedarse de brazos cruzados viendo como alguien se está ahogando. Y que su lema es: “Cuando todos salen del agua por algún problema, somos nosotros los que debemos entrar para tratar de solucionarlo”. Yo misma he tenido más de una ocasión para comprobarlo. Hace unos días, sin ir más lejos, pude constatar como uno de esos salvavidas se lanzaba al agua, contra las olas, para sacar a un individuo que pretendía, con un mar bravo, llegar hasta la boya amarilla. De haberlo dejado hubiera llegado no hasta la boya sino al más allá. Y no, no crean que el sujeto en cuestión se lo agradeció, no señor, una vez puesto a salvo se negó a salir del agua hasta que la atención de los bañistas pendientes de la movida desde la arena se había diluido, ¿orgullo?, ¿miedo al ridículo?, ¿a los reproches?

¿Tiene que ser el color de una bandera o un señor con una boya naranja quienes nos indiquen lo que solo el sentido común debería indicarnos?

Todos los “salvavidas” con los que hablé me dijeron la misma frase escuchada hasta la saciedad de aquellos a quienes habían tenido que sacar del agua en condiciones penosas: “¡Si yo sé nadar!”, le falta el taco que suelen añadir. Claro que saben nadar, pero no es lo mismo hacerlo en una piscina que en el mar, ni las condiciones son las mismas con la mar tranquila que encrespada. Y sobre todo, cuando no sea horario de socorristas ¿en quién delegaremos la responsabilidad que solo nos compete a nosotros? ¿De verdad queremos que nuestros hijos crezcan con la idea de que tiene que ser el color de una bandera o un señor con una boya naranja quienes nos indiquen lo que solo el sentido común debería indicarnos? Si no lo hacemos por nosotros mismos, sí deberíamos hacerlo por nuestros hijos. Si les damos la vida, démosles también, una guía para conducirse en ella. Y ya sabemos que copian antes las gilipolleces que las bonitas palabras.

Bastante tenemos ya con los ahogados por algún problema de salud, para convertirnos nosotros en el problema de salud de unos chicos que no necesitan que los convirtamos en héroes.

Ana María Tomás.

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