Patada al podio

Cicuta con almíbar, por Ana María Tomás

En el programa diario de celestineo que nos regala una cadena televisiva, al final de cada encuentro de las parejas se les pregunta si tendrían una segunda cita o no con la persona con la que acaban de cenar. Unas veces dicen que sí. Entonces sale la imagen de unos pajaritos que vienen volando y quedan juntos en la misma rama. Otras veces no se gustan, así que, cada uno por su lado, y los pajaritos salen volando en direcciones opuestas. Pero… en otras ocasiones, uno de los dos se queda prendado del otro por su labia, o su belleza, y se lanza al dar el sí quiero, mientras que el otro está con la escopeta montada para disparar un nanay. Y entonces, uno de los pajaritos recibe un solemne puñetazo venido de un puño con muelle salido de una casita de cuco que lo convierte en un montón de plumas al aire.  

Lo curioso de esta situación es ver la reacción de quienes han sido, de un modo u otro, despreciados. Todo parece indicar que en esa reacción influye mucho el nivel de autoestima que se tenga, así como el control de la frustración, la educación y la mala leche. Los hay que dicen «pues muy bien. Hasta luego, Lucas»; otros que intentan convencer de que es posible ser amigos y ya después, si eso…; y luego están los que para nada están dispuestos a encajar la hostia y entonces, muy “digggnos”, aseguran, después de haber dicho que no solo tendrían una segunda cita, sino cien más, que a ellos tampoco les gustaba para nada la otra parte, pero que habían dicho sí porque les había parecido que estaban muy colados por ellos y sentían lástima de darles el mochazo. Y en el extremo final de incapacidad para aceptar que nones, se rebelan insultando al otro y diciendo que dónde van a encontrar a otro mejor que él y que se vayan a…  justo donde están pensando.

Todo parece indicar que en esa reacción influye mucho el nivel de autoestima que se tenga.

Y es que saber encajar bien un puñetazo en los morros es mucho más difícil de lo que nos imaginamos. Bien es cierto que de nuestras reacciones ante las adversidades dependen mucho las circunstancias que nos han venido esculpiendo en la vida. Siempre recuerdo que mi sabia abuela decía que «lo poco espanta y lo mucho amansa» ¡Cuánta razón tiene esa perla de sabiduría popular!

Es cierto que podemos crecernos ante la adversidad, pero también lo es que, una vez recibido el golpe y tumbados en el suelo, no haya nada que nos motive a levantarnos. Sobre todo, si esa adversidad la hemos ido tomando en pequeñas dosis desde la infancia. Entonces nos convertimos en perfectos sacos de boxeo capaces de encajar puñetazos de la dirección que vengan. Y seguimos enfrascados en la apatía sin rebelarnos a las sordideces que a nuestro alrededor suceden.

Siempre recuerdo que mi sabia abuela decía que «lo poco espanta y lo mucho amansa».

Por eso, quizá me gusta observar cómo, en ese programa precisamente, cuando algún invitado recibe irremediablemente el golpe no siempre lo acepta y trata de devolverlo, aunque sea al aire. Siempre pienso que lo que hace, aunque muchas veces no de la mejor manera, es darle una patada al podio de los perdedores.

Ana María Tomás. @anamto22

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