OÍR EL CALOR

CONTRA CASI TODO. Por José Antonio Martínez-Abarca

Hay quien dice que el calor fuerte se nota en la piel, incluso que las temperaturas extremas se saben porque el aire de la calle parece desfigurarse, danzar, temblequeante, como el que se forma encima de una hoguera, como si pasara un fantasma y la realidad que hay detrás se reblandeciera. Pero cuando ha hecho calor de verdad en Murcia el calor va más allá que todo eso, el calor se escucha. ¿Usted no ha escuchado nunca el calor? Suerte que aún tiene, será usted joven. Si se puede oír el calor, aunque sea una impresión subjetiva, es cuando ya podemos encomendarnos a lo que tengamos más a mano, lo divino y lo humano, porque el asunto se pone inquietante para nosotros. Que el sol aplaste, que de noche sea peor que de día, que queramos arrancarnos el cuero cabelludo a ver si así nos entra algo de aire, que se pueda freír un par de huevos no ya en el capó de un coche, que por supuesto, sino en la fachada de una casa orientada a poniente a las ocho de la tarde, con todo eso ya contamos. Nos va, cada verano, en el sueldo que no percibimos, como murcianos.

Ahora bien, si el calor se puede oír, entramos ya en otra categoría de extremismo climático y la capacidad de sobrevivir a él. Entonces, el calor se convierte de algo físico en algo metafísico, extraño, inexplicable. Es como poder escuchar aquello que se llamaba «la música de las esferas», que era el misterioso movimiento cósmico de los planetas. No sé cómo se puede escuchar ese tipo de música. Cuando el calor se oye no es que se oiga algo concreto, es como cuando hay un silencio y es tan espeso que puede escucharse un penetrante zumbido como de panal de abejas. Cuando el calor se oye y no hay cigarras ni pájaros, con ese espectral crujir ininterrumpido como de palitos resecos quebrándose, como si de pronto fuéramos conscientes del océano de magma incandescente que da vueltas muy rápidamente a muchos kilómetros (¿o no tantos?) bajo nuestros pies en el planeta, entonces estamos escuchando la pura música de la destrucción. Ahora mismo lo estoy escuchando y eso que aún no ha llegado el verano más duro. Ya no tengo el cuerpo para nada.

Si se puede oír el calor, aunque sea una impresión subjetiva, es cuando ya podemos encomendarnos a lo que tengamos más a mano

Que el calor se escuche no es cuestión sobre todo de termómetro, sino de nuestras propias condiciones físicas y psicológicas. Se sabe que muchos viejos -no todos- buscan el sol como iguanas pero de ninguna manera soportan la intensidad del calor como cuando son jóvenes. La edad, la pérdida de facultades que por supuesto creíamos perennes, también se nota en esto: un simple paseo a según qué horas puede costarnos un jamacuco o un paraván serio. No hace tantos años que yo mismo practicaba musculación en serio siguiendo la rutina de los «marines» a unos cincuenta grados de temperatura, a veces alguno más, semidesnudo, sobre las tres de la tarde, al sol del verano y sobre una superficie de losas de barro cocido. Exactamente los mismos presupuestos que el cocinar la carne a la piedra. De alguna forma era excitante notar el acero hirviente que quemaba las manos y el pescuezo. Podía llevar las cosas al extremo. O eso pensaba: forcé a mi piel a un estado ya para siempre precancerígeno. De hacerlo hoy no estaría aquí contándolo. Tanto el frío como el calor se notan más con la edad, porque lo que se nota más con la edad es simplemente el peso de la vida, y eso incluye todo, desde las conversaciones con tipos pesados, pasando por las humillaciones de los jefes y terminando por aguantar condiciones climáticas severas. El otro día leí en un diario local de Asturias el caso de una pareja con niños natural de Almería que decían ser, usando la terminología de la ONU, «los primeros migrantes climáticos» de España. Simplemente ya no habían podido más de extremismo y se habían ido a vivir a algo más suave. Recuerdo cómo describía el francés Houellebecq, en el primer capítulo de su archiconocida novela Serotonina, una experiencia en una gasolinera almeriense perdida, en un día de esos guapos del verano. Al leerlo se siente un blanco resplandor nuclear dentro del cuerpo, que arrasa toda mi ya precaria construcción interior. Y lo que antes era vivible (y a lo que podía desafiar) ya no lo es. Hasta los parques están todos cerrados.

«Oigo» el calor de Murcia de unos años para acá, ese sonido que no existe pero desde luego se siente. Eso es la última fase tras notarlo en la piel o verlo. Tal vez ha llegado el momento, o llegó hace demasiado, para, tras aquella pareja almeriense y sus niños que tuvieron que marcharse a Asturias, meterme a «migrante climático» siguiendo las advertencias de la ONU sobre el calentamiento global, y si puede ser acogerme por esa razón a alguna paguita.

José Antonio Martinez-Abarca.

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