La primavera, la sangre altera

Salud en el Antropoceno, por Trinidad Herrero

Imagen de Felix Mittermeier en Pixabay

Aequinoctium, en latín, significa “noche igual”. Se trata de un fenómeno astronómico cíclico que tiene lugar dos veces cada año. Durante el equinoccio, la inclinación del eje terrestre se anula y todas las partes de La Tierra están equidistantes del sol. El astro rey se sitúa justamente sobre el ecuador de La Tierra y los rayos solares inciden sobre él con un ángulo de 90 grados, distribuyéndose de forma uniforme por todo el globo terráqueo. Por tanto, noche y día tienen la misma duración, de unas doce horas. El equinoccio de marzo marca el inicio de la primavera astronómica, que en el hemisferio sur corresponde al inicio del otoño. Y al contrario ocurre en el equinoccio de septiembre.

Cuando comienza la primavera, con el aumento de la intensidad solar y las temperaturas más suaves, se impulsa la fotosíntesis que provoca el reverdecer del campo, el florecimiento de las plantas y la animada migración de los animales y su apareamiento. Ese despertar de la naturaleza, con luces brillantes reflejando todos los colores del arco iris, se interpreta como equilibrio y renacer ecológico. Al ser cíclico y repetirse cada año fue observado desde tiempos inmemoriales y ancestralmente todas las culturas celebran la renovación, con alegría y con esperanza.

El astro rey se sitúa justamente sobre el ecuador de La Tierra y los rayos solares inciden sobre él con un ángulo de 90 grados

De la explosión de la naturaleza, que provoca cambios en las plantas y en los animales, no escapa el ser humano. Los humanos cambiamos tanto física como emocionalmente. No es solamente que el polen haga florecer alergias, sino que nuestro organismo se adapta efusivamente de formas diversas. En los equinocios fluctúan las hormonas y pueden surgir trastornos del sueño, con insomnio, agravados por el cambio horario, dolores musculares, caída del cabello, alteraciones del apetito e incluso astenia primaveral, inestabilidad emocional acompañada de irritabilidad. Sin embargo, hay personas en las que los niveles de serotonina aumentan y se sienten felices, infalibles, poderosas y con energía, y el optimismo les desborda.

La primavera invita a salir de casa y disfrutar del aire libre y de la interacción social. La conexión con la naturaleza contribuye a “limpiar” la opresión mental del aislamiento invernal, y al sentir en la cara la dulce brisa de aire cálido, da sensación de libertad y limpia nuestras mentes porque el “efecto primavera” alegra el alma y mejora la motivación. 

Ese despertar de la naturaleza, con luces brillantes reflejando todos los colores del arco iris, se interpreta como equilibrio y renacer ecológico

La primavera es tiempo de renovación, incluso en los colores de la ropa que vestimos, en el arcoiris de las hortalizas y frutas de temporada que nos brindan minerales y vitaminas que, junto a los estimulantes aromas de la floración nos transmiten vitalidad que nos reconforta. La primavera no es únicamente un cambio de estación, es el renacimiento del impulso biológico vital. Esa fuerza oculta que nos alienta a hacer cambios en la vivienda y en el armario, para renovarnos por fuera y por dentro, para mejorar nuestros hábitos. 

La primavera nos espolea para socializar pensando en los demás y en la naturaleza con generosidad. Y es que tras el más crudo invierno siempre llega la primavera. Esa fuerza de propulsión que nos impele a vivir cada instante en positivo. Así que brindemos por la vida y por la luz porque como dijera Gabriela Mistral: “Doña Primavera, de aliento fecundo, se ríe de todas las penas del mundo”.

María Trinidad Herrero.

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