La contaminación, un adagio mortal

Salud en el Antropoceno, por Trinidad Herrero

El cambio climático no solo afecta a la naturaleza, a los cultivos o a los seres vivos. Esos cambios también desencadenan efectos nocivos para la salud humana. Por doquier, emergen enfermedades di novo y nuevos cuadros clínicos, incluidas las epidemias.

Sin embargo, los ciudadanos de países industrializados nos sentimos tranquilos creyendo que vivimos en una burbuja con un aparente halo de protección. Esa fatuidad se acentúa cuando, desde la OMS, nos cuentan que investigaciones han determinado que las 10 principales enfermedades que causan la contaminación y el cambio climático son el asma, el cólera, el dengue, la desnutrición, la diarrea, el estrés térmico, la hipotermia, el paludismo (malaria), el tracoma (una infección ocular que provoca ceguera) y diversas enfermedades cardiovasculares y respiratorias. Y, entonces, pareciendo súbditos del reino de la estulticia, con calma apacible y altiva, nos autoconvencemos de que el cambio climático y esas enfermedades son una falacia que solo afectan a lejanos países menos industrializados. Y enfatizando ese particular dogma, con petulancia afirmamos que nuestra excelente sanidad nos libra de todos los males.

Pero, ¡ese razonamiento es falso! En nuestro frágil mundo, no solo las poblaciones vulnerables padecen los nefastos efectos de la contaminación ambiental, también los adultos y las niñas y niños más pequeños son diana de esas patologías. De hecho, por el efecto de canículas (olas de calor) o de inundaciones, como la DANA mortal del 29 de octubre de 2024, cada año fallecen cientos de miles. Asimismo, se ha demostrado que respirar aire contaminado mina la salud, poniéndola en riesgo de mayor susceptibilidad a otras patologías que, lentamente, despeñan la calidad de vida.

Igualmente, la contaminación aumenta la incidencia de enfermedades respiratorias, de cáncer de pulmón o de fallos del sistema cardiovascular, con incremento de infartos de miocardio y de ictus cerebrales cada vez en individuos más jóvenes. Y las que más lo sufren son las mujeres, habiéndose demostrado que, a medio y a largo plazo, la contaminación no solo es perjudicial para la piel, sino que, pausadamente, agudiza el insomnio y la arteriosclerosis, aumenta los síntomas negativos de la menopausia, acrecienta el riesgo de cáncer de mama, acentúa la osteoporosis y las incapacitantes fracturas y penetra en todos los órganos, incluido el cerebro, destruyendo las neuronas y sus conexiones.

La contaminación asemeja un adagio, ejecutando sus efectos lentamente. Los riesgos están en el ambiente, en el aire, afectándonos de forma velada, sin darnos cuenta. Mas, como dice el refrán, “el que no sabe es como el que no ve”, o peor, “no hay más ciego que el que no quiere ver”. Frente a la contaminación, abramos los ojos y, preventivamente, aseguremos nuestra salud protegiendo el medio ambiente y preservando el bienestar de los animales y de los ecosistemas.

María Trinidad Herrero.

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