“Jamás me dijo que un poema era bueno”
Plumas cruzadas, por Rosalía Ortiz

¿Quién no ha sentido alguna vez que un nombre, sin razón aparente, resuena en su memoria? ¿Y si ese antropónimo perteneciera a quien espera una palabra de aliento? ¿Qué ocurre cuando unas correspondencias unen la voz madura de un poeta consagrado con la de una joven autora que apenas empieza a reconocerse como tal?
Dado que la literatura debe generar más preguntas que respuestas, inauguro esta nueva sección con los interrogantes que acaban de leer. Plumas cruzadas será un espacio destinado a explorar los vínculos personales y humanísticos sostenidos entre literatos españoles e hispanoamericanos. Incoemos con uno de los más singulares: la relación maestro-alumna establecida entre el poeta español Juan Ramón Jiménez (1881-1958) y la lirófora nicaragüense-salvadoreña Claribel Alegría (1924-2018).
Un buen día de 1942 Claribel Alegría, nacida en Managua (Nicaragua), criada en Santa Ana (El Salvador) y educada en un ambiente propicio para las letras, envía unos poemas a la revista Repertorio Americano y su director, el costarricense Joaquín García Monge, decide publicarlos. Por fortuna, uno de los lectores de aquellas primeras estrofas es Juan Ramón Jiménez, que queda prendado de la belleza del nombre que las firma. Este pseudónimo es sugerido años atrás por el abogado y escritor mexicano José Vasconcelos, quien profetiza el destino poético de Clara Isabel Alegría y le aconseja adoptar el acrónimo Claribel.
¿Será por ello que Juan Ramón Jiménez no duda en responder a la misiva que una estudiante le dirige en 1943? Claribel Alegría cursa el bachillerato en Hammond (Luisiana) y desde allí emite una epístola para el autor de Platero y yo con el propósito de manifestarle su admiración. Al no esperar respuesta, la poetisa experimenta un gran susto al encontrar en su apartado postal una tarjeta de Juan Ramón Jiménez, quien, cautivado por su espontaneidad y sencillez, la invita a su apartamento en Washington DC.

Claribel Alegría no solo acepta esa proposición, sino también la que se deriva de su primer encuentro en persona: “al final de una larga plática Juan Ramón Jiménez me dijo que le gustaría ser mi mentor”, como ella misma recuerda en su libro Mágica tribu (2007). En septiembre de 1944 Alegría se matricula en los cursos de Filosofía y Letras de la Universidad de George Washington y, al mismo tiempo, comienza a desarrollar su voz poemática de manera profesional bajo la tutela de Juan Ramón Jiménez.
En primer lugar, el autor de Moguer la orienta en la lectoescritura lírica: le manda leer no solo el Mester de Clerecía y el Mester de Juglaría, sino también la poesía inglesa, irlandesa y norteamericana, manifestando gran predilección por Emily Dickinson, a la que denomina la “Sor Juana laica”. Asimismo, Juan Ramón Jiménez la lleva a conocer al poeta estadounidense Ezra Pound y los tres conversan sobre el simbolismo francés. Otra de las enseñanzas juanramonianas es la relación de la poesía con la pintura y la música, pues sostiene que todas las artes son una sola trenza.

Aunque Alegría confiesa que su tutor fue muy exigente, puesto que, “durante los tres años que estudié con él jamás me dijo que un poema era bueno”, también reconoce que gracias a él aprende a cultivar todo tipo de metros (romance, décima, silva, soneto…) para dominar a la perfección el verso libre.
El punto álgido de esta formación llega en 1947, cuando el premio Nobel de la Literatura confecciona un “librito” con los poemas de Alegría que él había seleccionado y que su esposa, la escritora y traductora Zenobia Camprubí, había mecanografiado. Claribel Alegría es honesta al respecto: “Ese fue, sin lugar a duda, uno de los días más felices de mi vida”. Un año después, aquel manuscrito se transforma en el primer poemario de la poeta centroamericana, Anillo de silencio (1948), prologado por José Vasconcelos y publicado en la Editorial Botas, en México.
Por consiguiente, Anillo de silencio (1948) incorpora una serie de poemas en los que la huella juanramoniana es indeleble. Dichas composiciones poseen un carácter despojado y tienden hacia la depuración propia de la poesía pura. Claribel Alegría se refiere, precisamente, a dicha destilación poética en su poemario Umbrales (1996), en el que reflexiona sobre su propia obra:
Era hechicero el viejo
era implacable
me iba despojando
de todos mis ropajes
Desde entonces, los (recién) casados, esto es, Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí, mantienen el contacto con Claribel Alegría a través del mismo medio que los unió, la carta. La poesía de Alegría revela la importa del magisterio juanramoniano en la brevedad y la concisión de toda su producción lírica. No es baladí que Alegría dedique a su mentor uno de sus poemarios de madurez, Mitos y delitos (2008). En los versos de profesor y pupila late un mismo impulso: el deseo de que la inteli(J)encia otorgue, al fin, el nombre exacto de las cosas.

