Infidelidad justificada

Cicuta con almíbar, por Ana María Tomás

Imagen de Beauty ofnature en Pixabay

Yo siempre creí en el amor hasta que los científicos metieron sus manitas en el asunto y, hoy por hoy, resulta que el amor no es más que una alteración de la química corporal. Sí, ya sé que pueden decirme que hace ya mucho que se aseguraba que el amor es una enfermedad que solo la curan el tiempo o el matrimonio, pero es que ya está demostrado con experimentos científicos realizados en el torrente sanguíneo que revelan todo el caudal de dopamina, serotonina y demás “-inas” que nos vuelven medio gilipollas. El problema es cuando ya se viene con otra mitad de gilipollez de serie, entonces ya… Y aunque dicen que ese estado de imbecilidad transitoria solo dura unos dieciocho meses, yo lo dudo mucho. A no ser que en ese corto intervalo la mezcla de imbecilidades potencie pa’ los restos la que se traía de fábrica.

De todas formas, hay que reconocer que se han cargado de un plumazo la seducción, conquista, miradas, poemas, declaraciones, palpitaciones…  y hasta a Cupido, puesto que hay más flechas que neurotransmisores aumentados por una hormona llamada neurotrofina que produce en nuestro organismo todas las alteraciones que antes otorgábamos a esos maromos o a esas pibonazos que nos dejaban sin sentido.

 Claro que, como todo, tiene también su cara positiva, sobre todo para los ―y las― infieles por naturaleza. ¿Se imaginan? “Cariño, te juro que no te he sido infiel; estaba baja de defensas y la cabrona de la neurotrofina se me ha disparado justo cuando pasaba el repartidor de la Coca Cola. Toda yo me he revolucionado, te juro que, sin poderlo remediar, y zaca…”. O “resulta que mi compañera de gimnasio exhala, junto al sudor, unas feromonas que son la leche, anestesian por completo mi fidelidad y esta se me vuelve fide-fife-feli… felicidad. Vamos, que no pude sustraerme a sus efectos, pero no fui yo, que conste, que uno no es responsable de cómo anda su sistema inmunológico ante ataques de misiles químicos. Mira la COVID, cariño, eso fue un ataque químico en toda regla. Pues esta infidelidad, lo mismito”. 

Y es que eso de que por las calles azules de las venas anden traficando hormonas en revolución puede ser el mejor de los atenuantes. Siempre puede quedar el “Lo siento, me he equivocado y no volverá a suceder”, ¿se acuerdan? 

Así que, entre que la serotonina nos produce felicidad, la oxitocina confianza y ahora la neurotrofina pasión a lo bestia, a partir de hoy, cuando digamos que entre una pareja hay química no vamos a estar recurriendo a metáforas. 

Y, por supuesto, nada de que el amor es ciego. El amor, como la canción de Las Supremas de Móstoles, es un “enfegmo” de tres pares de hormonas. Nunca mejor dicho.

Ana María Tomás. @anamto22

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