Cicuta con almíbar, por Ana María Tomás

“Aviso de extravío: He perdido la cintura y la necesito urgente para el verano.” Lo vi por internet, me produjo risa y, sinceramente, me sentí identificada con la gracieta. Sin embargo, esas consideraciones asumidas como una broma cotidiana por el común de los mortales, nada o poco tienen que ver con lo que la industria de la moda nos quiere meter por los ojos. Y no me refiero únicamente a la continua tortura de andar de operación bikini a operación año nuevo, de vivir en un sinvivir cada vez que te tomas una cerveza o una marinera, y no digamos ya si hablamos de donuts o tartas. No, lo que me desconcierta es esa descarada desfachatez de algunas firmas textiles al intentar vendernos hipopótamo por liebre.
Les explico: es cierto que, afortunadamente, hace unos años surgieron las modelos “curvys”. Al fin, mujeres normales en las pasarelas. Quizá un pelín más espléndidas en carnes, pero, vamos, como muchas de las mujeres reales con las que nos cruzamos a diario. Aunque, todo sea dicho, el término no les hace demasiada justicia, porque cuando engordamos, lo primero que perdemos son, precisamente, las curvas. Quizá sería más acertado aplicar este adjetivo a los hombres, que tienden a desarrollar lo que conocemos como “curva de la felicidad” o barriga cervecera cuando entran en kilos.
Pero, vale, se acepta “curvy” como “mujer rellenita”. Hasta ahí, bien. Ahora, de ahí a que más de una firma de moda quiera vendernos a modelos de más de uno setenta y con menos de sesenta kilos como representantes del movimiento “curvy” … Pues, miren, eso ya es tomarnos el pelo.
Y así, llega el verano, y con él, vuelta la burra al trigo: la presión social. Nos castigamos a nosotras mismas, a nuestras pobres carnes, con tal de entrar en un canon de belleza inalcanzable. Y todo para encajar en el molde impuesto por esas marcas que, lejos de promover la inclusión, parecen empeñadas en hacernos sentir mal. Tal vez la mejor respuesta sería hacerles un buen boicot a esas tiendas que no tienen tallas decentes donde podamos imbuir nuestro esplendor.
En medio de este panorama, tengo que decir que admiro profundamente a la humorista australiana Celeste Barber. Me río mucho con ella (si no la conocen, busquen alguna foto suya en internet). Esta mordaz mujer, que afirma que los famosos usan Instagram para disparar su popularidad con fotos artificiosas y poses imposibles, se dedica a parodiarlas. Recrea esas imágenes y las cuelga después en redes. Y tiene razón: cuanto más absurda y forzada sea la foto original, más desternillante resulta la imitación. Les aseguro que ver una sesión de sus parodias es como una bocanada de aire fresco y una descarga de sana realidad.
Mientras tanto, en medio de tanta estupidez, recordemos algo simple pero poderoso: “Para tener un cuerpo perfecto para ir a la playa, solo se necesita una cosa: tener un cuerpo, e ir a la playa.”

