EL BAILE DE LA CANDELARIA

Por Carmen Celdrán.

El hombre primitivo vivía a merced de la naturaleza y de los elementos. El mundo hostil era un entorno misterioso para nuestros antepasados, que trataba de explicar los fenómenos mediante mitos y supersticiones. Uno de los enigmas, y no el más pequeño, era la evolución del clima, el paso de las estaciones. Sabemos por la arqueología que las primeras civilizaciones trataron de controlar el carácter cíclico del tiempo, incluso antes de la revolución neolítica, cuando el hombre era cazador y recolector, ya necesitaba prever, en la medida de lo posible, los ciclos de migración y reproducción de sus presas. Dentro de ese proceso de comprensión y dominio del calendario, mezclado con la superstición y la magia, se comprende fácilmente que determinadas fechas fueran consagradas como “puntos de inflexión” en el ciclo de las estaciones. Es el caso de los solsticios (21 de junio y 22 de diciembre) y los equinocios (21 de marzo y 22 de septiembre). Estos cuatro días marcan el cambio de las estaciones y están consagrados en casi todas las religiones primitivas.

Pero el hombre primitivo necesitaba más puntos de referencia. Era necesario marcar fechas importantes durante las estaciones que le permitieran orientarse en los largos inviernos o en los tórridos veranos. Así debió surgir, en algún momento lejano, la festividad del 2 de febrero, situada a mitad de camino entre el otoño y la primavera.

No sabemos realmente cómo se celebraría esta fecha en la antigüedad, aunque algunos autores han querido identificarlo con las lupercalia romanas (fiesta de la fecundidad y la purificación), pero cuando el Cristianismo la asimila, como tantas otras fiestas paganas, aparece vinculada a un ritual de purificación de la luz. El fuego fue sin duda un elemento capital en el progreso del hombre. Robado a los dioses por Prometeo, según la mitología clásica, por eso se comprende fácilmente que el Cristianismo consagrara la fiesta de “la Candelaria”, como forma de agradecer a Dios el don de la luz y el fuego, basándose, con toda seguridad, en fiestas paganas.

En el contexto católico, la fiesta se celebra, según el calendario o santoral católico, el 2 de febrero, en recuerdo al pasaje bíblico de la Presentación del Niño Jesús en el Templo de Jerusalén (Lc 2;22-39) y la purificación de la Virgen María después del parto, para cumplir la prescripción de la Ley del Antiguo Testamento (Lev 12;1-8).

La fiesta es conocida y celebrada con diversos nombres: la Presentación del Señor, la Purificación de María, la fiesta de la Luz y la fiesta de las Candelas; todos estos nombres expresan el significado de la fiesta. Cristo, la Luz del mundo presentada por su Madre en el Templo, viene a iluminar a todos como la vela o las candelas, de donde se deriva el nombre de Candelaria.

Pero todo esto llega a nuestro tiempo como una ocasión de fiesta y celebración y se consolida en el Casino como un baile señalado junto con Nochevieja y Carnaval. Según las crónicas, en los años 20 del siglo pasado, la sociedad murciana se volcaba en este baile del 2 de febrero en que se derrochaba elegancia y glamour. No se sabe bien cuándo ni cómo dejó de celebrarse esta fiesta, pero, con gran acierto, el Real Casino ha recuperado en fechas recientes el Baile de la Candelaria retomando una de sus más preciosas tradiciones.


@CarmenCeldran

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