Derecho a fracasar

Pinceladas, por Zacarías Cerezo

Caída de Ícaro, de Bernard Picart. Por Zacarías Cerezo.

El fracaso es la consecuencia de haber emprendido algo, haber puesto interés, esfuerzo e imaginación en algo y no haber obtenido resultados, o sí. ¿Acaso no es obtener resultados sacar conclusiones para volver a intentarlo de otro modo? 

La sociedad actual peca de aceleración, de prisa en la búsqueda de resultados, todo el sistema evoluciona hacia lo inmediato. La facilidad de obtener respuestas instantáneas por medio de un solo clic tiene buena culpa de la vulnerabilidad actual a la frustración, nos quedamos descolocados ante un revés. No contribuye mucho a lo contrario el sistema educativo, que quiere igualar a todos los alumnos sin valorar el esfuerzo que distingue a unos de otros.

Por lo que a mí respecta, pertenezco a una generación que se educó a mediados del siglo XX y que conserva cierta resistencia al chasco, a la desilusión y al desencanto, porque nos criamos en la escasez y en la cultura del esfuerzo no siempre recompensado; pero los chicos actuales creen que la sociedad se va a ocupar de ellos, les va a dar todo y va a ser ya. En cuanto al éxito creen que se alcanza de manera fácil, por un golpe de suerte y, siendo así, no vale la pena el esfuerzo. No saben que el fracaso es lo normal en la vida, que solo se triunfa tras muchos intentos; y debemos concedernos el derecho a fracasar, no el derecho a desistir. Thomas Edison inventó la bombilla, uno de los artilugios más maravillosos y útiles de la historia de la humanidad. Le costó cientos de intentos y cuando se aproximaba a los mil, un discípulo le preguntó por qué no abandonaba ya la idea, después de tantos fracasos, a lo que Edison respondió: “No son fracasos, he conseguido saber mil formas de cómo no se debe hacer una bombilla”.

Por hablar de mi experiencia, me alejo de la idea de éxito cuando pinto; la satisfacción que me puede proporcionar un premio o reconocimiento, si llega, la considero efímera y engañosa, y está sometida a la subjetividad de otros. Pero el disfrute del proceso no me lo quita nadie. Jamás me he presentado a un concurso, la idea de competir con otros pintores me espanta, y no reconozco a ningún jurado la autoridad para decidir que una obra es mejor que otra. El soporte en blanco no me produce angustia, como dicen algunos, por el contrario, me parece una ventana que se abre generosamente a un goce que me promete horas maravillosas. Por eso, si al final tengo que romper una obra, no lo considero un fracaso ni me hago reproches. El éxito es la guinda de un pastel que no necesita ninguna guinda.

Un apunte al respecto: Cuando se percibe que el éxito está cerca no es mala idea retrasarlo, quedarse un poco más de tiempo disfrutando el proceso, que es lo realmente satisfactorio. De sabios es relativizar la importancia de los laureles.

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