CIUDAD FANTASMA

Por José Antonio Martínez-Abarca.

Ya no hay «ciudades fantasma» durante el verano, deshabitadas. Las antiguas «ciudades fantasma» veraniegas se han poblado de entes muy corporales, mensurables y hasta con carnet de identidad, de seres en algunos casos bastante parecidos a personas, incluso, aunque en pocos casos, puede que sin chanclas y camiseta. No, ya no hay «ciudades fantasma» estacionales. Todo se desvanece en el tiempo, hasta lo fantasmal. Ya no se cumple lo que me decía el difunto cronista de Murcia don Carlos Valcárcel Mavor, de que el mejor lugar del mundo para estar en verano era Murcia porque no había nada ni nadie, excepto la frenética actividad de los picapedreros del Ayuntamiento en abrir zanjas solo para justificar presupuestariamente que luego las cubren. La «ciudad fantasma» por antonomasia era Madrid. Uno, en un fin de semana de agosto, podía cruzarse andando, acompañado de cinco mil ovejas y un par de perros, todo Madrid de punta a punta por la carretera sin ser molestado ni por un taxi. Hoy, en cambio, agosto, por lo probable, es el único mes donde te puedes encontrar con el «ex» en Madrid.

La Gran Vía de Murcia, desierta.

Eso fue después de que decayese aquello de los «Rodríguez», que vivieron su época dorada hace sesenta años, los cuales a su vez sucedieron a los veraneantes de asfalto, más refinados, que entraban en el «night club» una tarde, acabados los toros de San Isidro, y salían el uno de noviembre para ver el Tenorio. Los «Rodríguez» eran señores oficinistas casados que mandaban a la familia numerosa a la playa en agosto creyendo que eran los protagonistas de «La tentación vive arriba» y que arriba tenía piso Marilyn Monroe. Las señoras acabaron viendo esa película de Billy Wilder y se acabaron los «Rodríguez», aunque arriba en ningún caso viviese Marilyn Monroe. Y después de eso vinieron los fantasmas. Ciudades absolutamente desiertas, donde no quedaban ni los ladrones de casas. 

Eso ya no existe. Las ciudades en verano están muy pobladas. Murcia en verano está muy poblada, aunque aún no se ha descubierto para qué. Hay un gran ambiente: guiris, cada vez más al menos hasta la pandemia, despistados y cocidos enterándose de por qué su viaje era tan barato, gente que acaba de salir de la cárcel, indocumentados nacionales y extranjeros, gente que pide dinero para pagarse una noche en una pensión de mala muerte tan cara que uno diría que vale tanto como la heroína, algunas personas aproximadamente normales elevándose el cuello del gabán que no llevan, para no ser reconocidos y que los crean pobres por no estar en ese momento tumbado en la arena… Ya no se ven tantos abuelos aparcados por sus hijos durante dos meses porque el español ha perdido ese resto de respeto católico por la edad y sobre todo la familia, que impedía en conciencia enviar a los abuelos sistemáticamente a morideros y sonrientes residencias (hoy no hay mayor problema: hemos adquirido la abominable costumbre puritana estadounidense de que los viejos se mueran de pena lo antes posible, porque no producen).

Murcia en verano está muy poblada, aunque aún no se ha descubierto para qué

En la ciudad en verano no se ven ni perros abandonados (antes se llenaban las calles de manadas de perros asilvestrados, en cuanto las familias se sumergían en el turismo de masas). Lo único que sigue más o menos igual en Murcia es la casi inexistencia de lugares donde ir y sombras donde guarecerse. Ni siquiera la noche es una sombra, en una ciudad donde los muros de los edificios y las plazas van absorbiendo la temperatura, como lo hace el mar, y uno ya en julio no se puede tomar nada en una terraza a medianoche porque es exactamente como sentarse sobre un plato de cerámica caliente. Los abrevaderos y comederos abiertos son pocos. Los cafés no quedan ni para los que trabajan.

Sin embargo a mí, que cerré para siempre los veraneos cuando creí acabada mi primera juventud, me parece de alguna forma entrañable que en Murcia se siga manteniendo esa tradición de cerrar todos los sitios que el turismo veraniego visitaría. Que esto siga siendo en algún sentido una ciudad fantasma, aunque desde hace ya bastantes años esté llena de gente. Igual que defiendo la tradición desaparecida de no salir de copas tras la Nochebuena o de que no se sirviera vino en las tascas -se servía, pero de tapadillo- en los días de la Semana Santa en que estaba «el Señor muerto». En verano, si no fuera por la gente que va de aquí para allá sin saber dónde parar, en lo más lóbrego del verano, en esos días de cielo blanco con una polvareda suspendida (aquella polvareda suspendida no sahariana -la sahariana es de color naranja- que le hizo decir al poeta Jorge Guillén, él sabrá por qué, que Murcia parecía una estampa japonesa), si miráramos desde la puerta -cerrada- de la Catedral la vista nos llegaría a Albacete sin encontrar ningún obstáculo, ninguna mesita, nada. Los que no están cerrados están en estado letárgico, como ausentes también. En el Real Casino de Murcia queda dentro una claridad sólida que podría cortarse con un cuchillo. Me gusta ese quietismo que antes adoptaba la gente en verano, para no sudar, y que permanece en los veraneos de hoy dentro de los edificios históricos, ya que no en la gente, que siempre parece que lleva prisa por morir de un golpe de calor.

Calle Trapería vista desde el balcón de la fachada del Real Casino. Por Ana Bernal.

La gente, excepto los turistas que por fin se explican por qué el viaje era tan barato, sigue las recomendaciones de las autoridades sanitarias de evitar exponerse al sol durante las horas centrales del día, para evitar los mortales golpes de calor. Es exactamente lo que yo hago, como persona de orden y temerosa del Gobierno que soy: hay que evitar pisar la calle, a no ser para una cuestión de vida o muerte, en las horas centrales del día, concretamente de nueve de la mañana a nueve de la noche. Los bares ponen un cartel que dice: «volvemos el 25 de agosto». Esa extraña fecha de regreso no es ninguna tradición del calendario. Tiene pocos años. Alguien pensó que había que cerrar el veraneo una semana antes de lo previsto, para causar buena impresión, una impresión digamos europea, y la idea tuvo éxito generalizado, no sólo en la hostelería. Hasta los oficinistas están en su oficina el 25 de agosto, por el qué dirán. Con la excusa del progreso hemos ido perdiendo calidad de vida, y con la excusa de las libertades hemos ido perdiendo derechos fundamentales del ciudadano. El veraneo antes no se acababa en ningún caso el 25 de agosto, sino el 15 de septiembre, con el inicio de las clases, o, si no había niños en casa o bien los niños estaban muy bien enseñados, muy avanzado ya el otoño, pues la categoría «veraneo», con buen criterio, no equivalía ni se restringía al verano.      

Este verano, que las autoridades prometen muy caluroso, incluso se retomarán viejas costumbres hace mucho abandonadas, como poner el ventilador, por ser infinitamente más barato en horas punta que el prohibitivo aire acondicionado. El aire acondicionado, sólo en los cines, si no fuera porque también están cerrando.

José A. Martínez-Abarca.

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