Cartas desde Tombuctú, por Antonio V. Frey

Querida amiga,
El desierto es, a veces, un lugar de inimaginables sorpresas, casi siempre gratas. Hoy me voy a referir a una de ellas. Verás, una de las cosas más curiosas que me he encontrado a lo largo de mis viajes por el Sahara es la presencia de ciudadanos de países de la península arábiga que acuden a algunas zonas de nuestra antigua provincia sahariana para practicar la cetrería; deporte de larguísima tradición en sus respectivas patrias.
La primera vez que me los encontré fue en El Aaiún, en el vestíbulo de un hotel, recién llegado un grupo al que era imposible no prestarle atención por la nada discreta opulencia con que se rodeaban. Mientras los elegantes árabes esperaban en la recepción, sirvientes y criados, cargados todos ellos con una gran cantidad de baúles y maletas, desfilaban a las suites reservadas. En ningún momento vi las aves, pero –según me contaron después- estás disfrutaban de una habitación particular y de su propia servidumbre. Hasta tal modo se extremaba su cuidado que su traslado era casi un asunto de Estado con grandes medidas de seguridad. De hecho, estas rapaces, muy entrenadas y avezadas en su disciplina, tienen un valor incalculable.
En uno de esos días de merecido descanso de nuestras travesías por el desierto, en otro hotel de El Aaiún, tuve ocasión de poder hablar con uno de los dueños de esas aves. Era un rico hombre de negocios árabe que vivía en Yeddah, puerto marítimo de La Meca, que, cuando podía, se escapaba lejos de casa para disfrutar unos días de su deporte favorito. El caballero me explicó el gran amor hacia sus animales y el placer que le proporcionaba disfrutar de sus habilidades en la caza. Y, dado que las autoridades marroquíes andaban promocionando el turismo en el desierto y daban todo tipo de facilidades, se había puesto de moda entre los aficionados de la cetrería arábiga acudir a este lugar. Por supuesto, me indicó que no concebía privarse de lujo alguno viajando. Dado que nos caímos bien, honrando la proverbial hospitalidad árabe, en su generosidad me invitó a visitarlo en la jaima que iba a tener instalada en la Lebtania Telbía, cerca del pozo de Anech, en plena meseta del Gaada, solar del nacimiento de dos importantes tribus saharianas de origen árabe allá en el siglo XVI.
Dos semanas después, la casualidad –y las ganas de aprovechar una oportunidad única- hizo que, efectivamente, pasara por aquel lugar donde no tardé de distinguir un grupo de tres imponentes jaimas entre un mar de arena y una buena cantidad de acacias. El buen hombre y sus dos hijos me recibieron, me agasajaron y me enseñaron con orgullo sus rapaces, que estaban descansando. Esa noche, cenando, les hice ver mi preocupación por el impacto que la cetrería podría tener en el ecosistema sahariano, mas ellos pacientemente me aseguraron que se atenían a los límites indicados por las autoridades para mantener un equilibrio ecológico y que suponía, por ejemplo, no acechar en época de las grandes migraciones que atravesaban el Sahara. Además, como buenos cazadores, sostenían que eran los primeros interesados en que el orden natural no fuera drásticamente alterado.
Al día siguiente regresé a mis quehaceres arqueológicos a un par de cientos de kilómetros de allí, satisfecho de haber conocido a algunos de los últimos grandes cetreros árabes de milenaria tradición.

